Mi trampa para pulpos

El día que me enteré de que existía una afección llamada ‘síndrome del corazón roto‘ me resultó curioso y extravagante, pero sobre todo revelador.

Contaba el artículo que también se conocía a esta dolencia ‘Tako-Tsubo‘, que significa trampa para atrapar pulpos en japonés, porque quienes sufren esta miocardiopatía tienen el corazón ligeramente deformado, más afilado y estrecho en su parte inferior, y esto hace que el órgano se parezca a unas ánforas que usan los japoneses para pescar cefalópodos.

Así que desde entonces sé que mi corazón tiene forma de trampa nipona para pulpos.

TakoTsubo_scheme.png

Dice Wikipedia que el corazón sano es el de la derecha, el B

En mi caso no es un diagnóstico médico, claro, pero qué sería de mí sin las metáforas. Lo que no fue precisamente una metáfora, sino algo real y medible, fue el dolor súbito, la ansiedad y el ahogamiento que se me vino encima tal día como hoy hace cinco años.

Recuerdo cada minuto de ese 31 de mayo de 2011, martes, desde que sonó el despertador a las 07.45h. Ducha rápida, desayuno frugal, como siempre. Me acuerdo del autobús (un 34) que cogí en Echegaray y Caballero sobre las 08.35h. También del politono que llevaba en el móvil y que empezó a sonar cuando no llevaba ni dos paradas haciendo equilibrios en el bus: era el estribillo de ‘La chica que salió de la tarta‘; la versión de El Columpio Asesino, no la original.

Descolgué y en menos de dos horas me vi en un coche camino a Jaca con mi trampa para pulpos recién estrenada, atascada y ennegrecida, por la peor noticia que podrían haberme dado esa mañana y cualquier otra mañana del mundo pasado, presente y futuro.

Ya no existías. Punto, se acabó. Fundido a negro y silencio.

No estoy segura de si lloré en algún momento ese día; creo que no, y no fue porque no hubiera en esas horas ocasiones en las que habría sido incluso necesario a nivel fisiológico y anímico. Simplemente no pude.

Al día siguiente sí fui capaz, por fin. Lloré sin mucho estrépito, aunque creí que cuando al fin lo consiguiera sería un llanto desgarrador. Me consoló verme capaz de llorar, porque pensé que no iba a poder.

También conseguí respirar hondo, coger aire durante varios segundos y soltarlo despacio, 48 horas después. Llevaba dos días con sobrealiento.

Al tercer día tuve que volver al trabajo porque la generosidad de un empleador tiene unos límites bien definidos, sobre todo cuando llevas sólo un par de meses en la empresa.

Llegó el viernes y volví a Jaca otra vez para comprobar que el mundo no se había parado, no, pero sí había secuelas: mi corazón desde entonces con forma de ánfora japonesa no iba a recuperar su estado original. No lo hizo tras semanas ni meses. Ni cuando se cumplió un año de tu pérdida, dos, tres, cuatro. Ahora ya son cinco años.

Lo que he hecho durante este lustro ha sido guardarte un momento todos y cada uno de los días. A veces lo he hecho con un pensamiento luminoso al final de la jornada, o poniéndome ese tema de Mártires del compás que me pasaste, y también en forma de grandes homenajes, con amigos, cervezas y brindis, canciones y bares y todas esas historias que vivimos juntas.

π

Y éste fue mi segundo tatuaje

La falda larga, roja, de aquel San Lorenzo. Y los guisantes congelados.

Tu carrera a campo traviesa en Murcia mientras yo me ahogaba con mi propia lengua.

La complicidad de ese tatuaje que me ayudaste a elegir en San Sebastián con 15 años. Tú no te hiciste uno entonces, pero recuerdo cómo me decías que acabarías haciéndotelo. Y así fue.

Están los vídeos de aquel verano en los que nos grabamos sin vergüenza ni conocimiento y que guardo como auténticos tesoros.

Me acuerdo del día en que confundí tu incipiente embarazo con una indigestión o, peor, unos gases, sentadas en la cocina de la cafetería de mis padres.

Cómo me tomaste el pelo. Cómo nos abrazamos una vez me confirmaste la buena nueva.

Pensaba que con los años iría quedándome sin palabras para recordarte.

Que algún día dejaríamos de brindar por ti con esa emoción con que aún lo hacemos; que las anécdotas irían oxidándose y las fotos serían menos evocadoras, pero aquí me tienes una vez más, cinco años después, con mi trampa para pulpos siempre llena de ti.

Hoy, otra vez, siempre, te abrazo y te sonrío, π.

Guapisísimas desde el aire

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