El milímetro sentimental

Hace un rato me he encontrado con un artículo de Jot Down Magazineéste, concretamente- en el que se desarrolla un término muy interesante: el kilómetro sentimental. Resumiendo mucho, es la explicación de por qué después de los atentados de París o el 11S todos ‘éramos’ Francia o EE.UU.,… Pero, sin importar el número de muertos o la magnitud de la tragedia, en el día a día siempre ‘hemos sido’ muy poco Siria y menos aún Malí, por poner un par de ejemplos.

Esa distancia que mide el kilómetro sentimental no es estrictamente física, racial, de género o religiosa. Cito al autor del mencionado artículo, Cristian Campos, que lo explica certeramente:

El interés por un hecho cualquiera es inversamente proporcional a la distancia que nos separa de la víctima. A mayor distancia, menor interés.

Esa distancia puede ser geográfica, pero también cultural. Yo, blanco, barcelonés, ateo, clase media y periodista, tengo más en común con un tipo cualquiera de Nueva York que con un marroquí de Rabat. Aunque del primero me separen ocho mil kilómetros y del segundo, poco más de mil.

¿Que es una idea difícil de asumir? Cierto. Pero seguramente nos reconozcamos en la imagen. Quizá pestañeemos un segundo con incomodidad, pero cualquier destello luminoso o vibración de nuestro sacrosanto smartphone convertirá este instante fugaz de reproche a nosotros mismos en un fuego fatuo. Tal que viene, se va, y seguimos con lo nuestro.

Estamos hablando del kilómetro sentimental como una despiadada figura retórica que nos hace menos humanos, menos empáticos, pero yo siempre pensé que la idea tenía otra cara: el milímetro sentimental.

En esos milímetros se mide -quiero pensar- el suave hilo rojo que aparece uniendo a los protagonistas de los cuentos orientales, que se estira y se enreda, pero jamás se rompe. Siempre pensamos en los amantes, pero hay más hilos, quizá de otros materiales, por qué no, que nos unen a los amigos, la familia, a los que se quedan y a los que se van yendo.

Yo tengo hilos de todos los grosores y colores, bien atados, pendiendo de algún punto bajo mi esternón. A veces el epicentro de la maraña ha estado en el cerebro, en el estómago o en el pecho, inclinado a la izquierda, pero en 2015 he desplazado ese anclaje al mismo punto donde E.T. encendía su ¿corazón?… Como un palmo por encima del ombligo, más o menos.

Además mis hilos se parecen mucho a unas cuerdas de guitarra. Suenan cuando los pulso, no siempre exactamente igual. Los hay que son como sogas de amarre y otros como sedal, cáñamo o cobre. Con algunos pierdo tiempo y ganas en deshacer los nudos y otros los he dejado enredarse, asumiendo una derrota o infligiendo un pretendido castigo.

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Verde, rojo o de fibra óptica: he allí el hilo.

No quiero que ningún hilo se transforme en cadena. Ni siquiera ése en concreto. Quiero que ése, que es verde y fuerte y a veces se ilumina, se entreteja con el resto de mis hilos multicolores, con su música. Quiero tener siempre ganas de cuidarlo y fuerzas para no dejar que ningún nudo lo ahogue. Quiero repasar sus mimbres, mimarlo y destensarlo de vez en cuando, por mucho que me guste cada milímetro sentimental que mide, porque sería egoísta entenderlo exclusivo de nadie, ni mediando contrato.

¿Que qué le pido a 2016?

Que disfrutemos todos de nuestros hilos preferidos y nos dejemos querer. Ya vendrán momentos complicados para ponernos a prueba; mientras, bailemos, ya que estamos aquí.

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