‘Amy’, crónica de un derrumbe televisado

En julio de 2011 yo tenía 27 años y un plan de vida deslavazado, dinamitado por la pérdida muy reciente de una compañera de vida y aliñado por un trabajo que no disfrutaba en absoluto. Me encontraba además desorientada después de que unos desaprensivos hubieran entrado en mi mini-piso de joven soltera para robarme lo poco que tenía de valor.

Ese verano; ese año 11, largo desde que empezó, estaba siendo un completo desastre, o al menos yo lo estaba viviendo como tal. Entre la autocompasión y la conmiseración, una de esas noches de verano me encontré con el titular de la muerte de Amy Winehouse.

Portada del Sunday Mirror de aquel día

Portada del Sunday Mirror de aquel día

No voy a decir que me sorprendiera, y tampoco lloré desconsolada por la pérdida… Pero tenía sus dos CDs originales -muestra de respeto donde las haya para un músico- y los había disfrutado.

Pensé en qué otras canciones suyas se quedarían sin escribir y sin cantar.

A lo mejor se hubiera acabado desintoxicando, diciendo ‘sí’ a la rehab, teniendo un par de hijos años más tarde con un dandy inglés, volviéndose budista, qué se yo.

Me pareció injusto que a ella -también a ella- se le hubiera acabado el tiempo tan pronto. A los 27, la edad que yo tenía y que tanto me estaba pesando en aquel momento.

“Y yo aquí”, pensaba yo. Que no tenía ganas de hacer nada ni en el día a día ni con mi vida en general, pero sí tenía futuro. “No tengo talento, demasiada salud ni dinero, pero tengo un mañana”, me dije.

Cogí su segundo disco y empecé por la de Tears Dry On Their Own, que siempre me ha gustado especialmente, y estuve escuchando. Busqué la letra y la leí con otros ojos. Hice lo mismo con Back to black y sentí -entonces sí- verdadera pena.

He vuelto a recuperar ese pesar después de ver el documental que se estrenó hace unos meses sobre su vida, ‘Amy‘, con el subtítulo ‘La chica detrás del nombre’ y que dirigió Asif Kapadia. Aquí podéis consultar la ficha en Filmaffinity si necesitáis detalles técnicos o críticas mejores que ésta; en Youtube está completo, con subtítulos, en este enlace.

Amy Winehouse (1983-2011)

Collage a partir del cartel de la película ‘Amy’ (1983-2011)

Amy fue hija de padres divorciados y no muy bien avenidos, como tantos miles de niños y no tan niños. Sufrió bulimia desde pequeña y aunque se le podía haber diagnosticado y tratado, no se hizo. Contralto, su voz cubre tres octavas. Canta y compone jazz, ska, soul, hasta hip-hop. El primer porro, antes de los 14; el alcohol, mucho antes. A los 16, primer contrato discográfico. Cinco Grammys en 2008. Dos discos originales y un tercero que sólo fue posible escamoteando material inédito tras su muerte, Lioness: Hidden Treasures.

Tuvo varias relaciones más o menos serias; la peor, la definitiva, la de Back to Black, con el que a pesar de todo fue ‘el hombre de su vida’, en el sentido más lúgubre posible: Blake Fielder-Civil. Allá por 2004, con él como gurú, se inició en el consumo de cocaína, heroína, crack, pastillas de colores, ketamina. Y mientras, más alcohol. En el documental él mismo reconoce a cámara, indolente, anestesiado, que sí, que fue su tutor en esos menesteres. Llega a llevarle a escondidas heroína y anfetaminas a un hotel en el que Amy está desintoxicándose.

Ella no quería ir a rehab, no-no-no. La internaron un par de veces, pero valía más sobre un escenario que recuperándose en un centro o de retiro en Santa Lucía. El director del documental nos deja claro quiénes son, a su juicio, los que llevaron a Amy al fondo del pozo: el principal, su padre Mitchell, primero ausente y luego ‘resucitado’, amantísimo él, al calor del éxito, retratado como manager descorazonado. Comparte mérito con el que fuera su marido durante dos años, el ya mentado Blake, todo un ángel exterminador. Capaz de ‘vender’ una visita a la tumba de su ex mujer a un medio inglés sin despeinarse siquiera.

Ésa es, a grandes rasgos, su biografía tal y como la presenta el documental. Hay un rosario de imágenes caseras de una Amy adolescente, cantando con sus amigos, calentando las cuerdas vocales antes de un concierto, dejando mensajes de voz a quienes echaba de menos. Después aparecen otras instantáneas y vídeos de sus peores momentos: ella, completamente ida y drogada en su piso en Camdem, todo oscuridad y la mirada perdida; conciertos en los que no es capaz ni de ponerse delante del micrófono, peleas y encontronazos con medios, burlas de presentadores de late night ante una audiencia planetaria.

¿Quién puede con todo eso? El espectador acaba disculpando que Amy se entregase al desenfreno químico y orgánico hasta el final, literalmente. Te enseñan el behind the scenes del momento en que graba un dúo con Tony Bennet, a quien idolatra, y lo único que puedes pensar es que esa chica necesita un abrazo y que ojalá Tony o quien fuera se lo diese, bien fuerte, para reconfortarla.

Para salvarla, allí, en ese momento.

Después de ganar esos cinco Grammys en 2008, una voz narra el momento en que Amy abraza a una buena amiga de la infancia entre bambalinas, que llora exultante, y la cantante le dice apenada Es que es todo tan aburrido sin drogas….

No podemos salvar a nadie, y menos de sí mismo. Pero ¿por qué no intentarlo de vez en cuando?

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