Ese ‘periodismo’ innecesario

Estamos todavía en shock después de lo sucedido con el avión de Germanwings la semana pasada. 150 muertos y ningún consuelo para los familiares. No es suficiente la etiqueta #InDeepSorrow (con profundo dolor) que ha agregado la compañía alemana a su logo cuando la buscamos en Google.

Germanwings y los pésames a golpe de hashtag

Germanwings y los pésames a golpe de hashtag

Se ha escrito y dicho mucho -quizá demasiado- sobre el hecho: que si el copiloto era un suicida y algunos médicos ya lo sabían, que a lo mejor también ha habido algún fallo mecánico, que todavía hay mucho que comentar si se encuentra la segunda caja negra…

Entre tanto artículo y tertulia, yo me quedo con éste, publicado en La Marea, que firma Antonio Maestre: se titula El periodismo insensible en el accidente de Germanwings.

El titular describe ese periodismo -mal entendido- como insensible. Yo añado innecesario, doloso, indecente y hasta indigno. Puedo disculpar la telebasura, pero no puedo con ese sensacionalismo carroñero.

Éste es el ejemplo:

La triste recepción a los familiares de las víctimas en El Prat

La triste recepción a los familiares de las víctimas en El Prat

Da escalofríos.

Sé lo que les dijeron en sus redacciones a todos esos que estaban allí esperando.

Querían planos cortos de familiares destrozados, declaraciones de ésas que te empañan los ojos, algún grito o hasta desmayos.

Y allá que fueron, algunos con el corazón en puño (espero) y otros con esa indiferencia extraña que a veces se desarrolla como escudo y otras es sólo eso, desidia y nula empatía, porque ya estamos quemados y encima nos toca ir al aeropuerto, que está lejos, y a ver cómo aparco, y que no me quiten el sitio para grabar las llegadas como me han pedido. Algo así.

Decía el señor Ryszard Kapuściński que para ser buen periodista había que ser buena persona. Creo que si resucitase y se encontrase con una imagen como la que acabamos de ver tras una tragedia, se replantearía esa idea, o al menos le añadiría un doloroso corolario. Yo quitaría el adjetivo ‘bueno’ en los dos sintagmas: para ser periodista hay que ser persona.

Recuerdo el accidente de tren de Santiago de Compostela, ese Alvia que se transformó en metralla a 230 kilómetros por hora. Aquel 23 de Julio escribí esto:

23 de Julio de 2013, con casi 80 muertos y decenas de heridos ardiendo en el teclado

23 de Julio de 2013, con casi 80 muertos y decenas de heridos ardiendo en el teclado

Ese día pedí respeto a los profesionales desde mi muro. No a los periodistas en general: a los profesionales, y no hablo de títulos académicos, sino de buen ejercicio.

Había compañeros en aquella redacción, ese día de verano, que estaban intentando encontrar supervivientes, familiares de las víctimas, y yo reconozco que no fui capaz de unirme a esa búsqueda frenética, a través del teléfono, desde Madrid.

Me dediqué a llamar a lo que podríamos denominar ‘fuentes oficiales’ con periodicidad milimétrica y obsesiva, las veces que hizo falta, obteniendo pocas o ninguna respuesta. La idea de localizar a alguien que había viajado en ese tren o que había perdido a alguien en el siniestro me paralizaba.

No pude. No podría ahora mismo. No creo que pueda nunca.

Para eso no tengo valor.

Supongo que no dice mucho de mis competencias o mi profesionalidad reconocerme incapaz de hacer algo que puede parecer rutina ante un suceso más o menos trágico. Sólo me pasa si hay víctimas, daños personales; para lo demás, soy certera y metódica, o lo intento.

Si yo trabajase en un medio en las cercanías de Barcelona y me hubiera dicho mi jefe la semana pasada algo así como “Vete al aeropuerto y coge declaraciones de algún familiar que llegue a preguntar”, tendría que decirle que no creía poder hacerlo.

¿Me habrían enviado de igual manera? Seguramente. ¿Habría acabado yendo, micrófono en ristre? Sí, claro. ¿Que habría vuelto -efectivamente- con algo grabado? También. Pero quizá no estaría a la altura de lo que te pide un director cuando te manda a un sitio así. Para eso, ya os digo, no valgo.

Eso es ‘periodismo’ -con comillas y sin la mayúscula que tanto me gusta- innecesario.

Ni sé hacerlo, ni quiero que me enseñen, ni aprenderé. No me quedará más remedio que verlo emerger, maloliente y sórdido, de vez en cuando, como un espectáculo grotesco e inevitable; lo sé. Pero no me pidáis que lo vea como un reto profesional, algo que tendré que hacer por tener este trabajo en algún momento.

No puedo creer que eso sea parte del oficio que he elegido; ni he podido asumirlo ni creo que pueda jamás.

Ni por contrato.

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