Dos palabras

Cuando algo se repite demasiadas veces, pierde todo su valor. Se devalúa. Es de lo poco que recuerdo de la asignatura de Introducción a la Economía.

Eso pasa con los “te quieros“, o eso me parece a mí.

Nunca los he prodigado en exceso. Más bien me los he guardado para mí, creía yo que con buen criterio, pero no.

He tardado unos años en darme cuenta, pero resulta que los “te quieros” confortan, son balsámicos. Vamos, que me están empezando a gustar.

Hasta hace unos meses, un “te quiero” siquiera esbozado me habría hecho salir corriendo para no volver. Si se lo dices a alguien, le entregas un gran poder, y si eres el receptor… Qué responsabilidad.

Tengo que decir que mi reconciliación con los “te quieros” ha sido suave, gradual e inesperada, pero firme. Podía hablar de querer, pero con distancia.

“Yo a mi hermano lo quiero mucho”.

“¡Más que quiero yo a mi amiga…!”

“En mi casa nos queremos mucho, pero no nos lo decimos”.

Dime que me quieres, o no.

Dime que me quieres, o no.

Esas tres frases -o parecidas- han salido de mis labios muchas veces.

Véase que eran “te quieros“, sí, pero comentados siempre a terceras personas y jamás a los interesados.

Hace varios meses, habría sido incapaz de decirle a mis padres, a mi hermano, a mis amigos, un “te quiero” de ésos ‘de libro’. Ahora resulta que tengo ganas de hacerlo.

Por si acaso.

Porque algún día todos nos cansamos de coleccionar oportunidades perdidas.

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