Paramnésica reincidente

Las personas no cambian. Mejoran o empeoran sutilmente, pero no dan giros de 180 grados.

Buscamos lo mismo en la gente que nos rodea ahora que hace 10 años. Nos caen bien el mismo tipo de personas. Nos enamoramos de ciertos patrones, a veces a nuestro pesar.

Irse a vivir a otra ciudad o empezar en un nuevo trabajo puede verse como una oportunidad de empezar de cero, pero yo no creo en el ‘borrón y cuenta nueva‘.

Yo experimenté un cambio total de escenario hace ocho meses. Todo nuevo, reluciente, lleno de promesas y personas por conocer. Prácticamente la misma sensación que tuve cuando me instalé en Zaragoza, o años antes, al irme a estudiar a Salamanca, tan lejos de lo que había sido hasta entonces mi mundo conocido.

¿Qué fue diferente en esta última ocasión? Esta vez cambié de ciudad convencida de que en realidad nada sería absolutamente novedoso, porque la protagonista de la historia iba a seguir siendo yo misma, y ya me conozco.

Sé con qué tipo de personas me resulta más sencillo convivir, divertirme, trabajar, perder el tiempo, conversar. Las he vuelto a encontrar aquí y sé que las llevaré siempre conmigo, aunque la vida me lleve a otros comienzos.

También supe que me llevaría alguna decepción, como de hecho ha sucedido, porque hay determinados caracteres con los que soy incompatible desde que tengo memoria. Es cuestión de estadística encontrarse con personas con las que sabes que no encajas. En esos casos siempre intento optar por la cordialidad y la no-agresión, y ante situaciones extremas, un ‘hasta nunca y que te vaya bonito‘. Sin rencores.

¿Qué veo ahora, al recopilar sensaciones de estos últimos ocho meses?

Profesionalmente, estoy satisfecha. Sé que puedo hacerlo mejor y tengo ganas y fuerzas para seguir adelante. Me gusta lo que hago y quiero seguir haciéndolo.

En el terreno personal, veo las fichas en el tablero y me gusta cómo está saliendo la partida. He perdido algunas oportunidades y he cerrado algunas puertas, pero también me he llevado sorpresas agradables y sé que puedo contar con un grupúsculo de personas que me hacen la vida muy agradable. Espero que sea recíproco, y que dure.

También es cierto que ha habido días -y alguna noche- negros, lacerantes, destructivos. Pero la hora más oscura nunca dura más de 60 minutos, y con los años he descubierto que lo que en un momento determinado me ha roto el corazón casi siempre se ha convertido en un recuerdo borroso y llevadero a los pocos meses. Esta vez también ha sido así.

He comentado alguna vez que suelo aligerar la carga negativa de los malos momentos cuando ya han pasado.

Paramnesia“, lo llaman a esto.

Emperatrices de Lavapiés, de Callao, de Gran Vía

Emperatrices de Lavapiés, de Callao, de Gran Vía

Me encontré de casualidad con el término en una novela, busqué la definición y reconocí en ella el mecanismo mental que hace que pueda seguir saludando con una sonrisa a amigos que me han traicionado, a hombres que me rompieron el corazón o compañeros que ejercieron eso del ‘quítate tú para ponerme yo’ sin ningún escrúpulo.

Y les sonrío de verdad, ¿eh? Porque soy paramnésica reincidente y porque yo lo valgo.

Poco te puede enseñar alguien que no tiene cicatrices. Yo las tengo y me gusta presumir de ellas; así somos los supervivientes.

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