Orgullo ‘plumilla’

Hace unos cuantos años me propusieron volver a mi instituto para hablar de mi profesión, de cómo había elegido la carrera, de mi trabajo, etc.

Entonces no pude acudir porque andaba trabajando en la radio, en Zaragoza, y compatibilizar el horario para ir a dar la charla una mañana a Jaca entre semana no resultaba fácil. No sé qué tal fueron aquellas jornadas, a qué otros ex alumnos invitaron o si se han vuelto hacer, pero me hubiera encantado estar.

Lo que sí hice en un primer momento fue pensar en qué les habría dicho, y cómo.

De una periodista suelen esperar cierta puesta en escena.

Quizá habría llevado algunos audios, algunos ejemplos; hasta pensé en un ‘juego‘ con titulares de prensa.

Aquello quedó en nada, pero me he acordado hoy de esa oportunidad perdida y me ha hecho pensar.

Hablar en público no cuesta tanto

Hablar en público no cuesta tanto

Sé lo que pasa por la cabeza de la gente cuando decimos que somos periodistas.

Manipuladores.

‘Sálvame’.

Tendenciosos.

Telebasura.

Parcialidad.

Ególatras.

Incompetentes.

Nadie piensa en literatura, servicio público o en la integridad.

Eso de ‘cuarto poder’ hace mucho que se le ha quedado grande a los medios y siempre hay gente encantada de recordártelo y de hacerte sentir como si fueras un desperdicio social.

“Para eso no hace falta estudiar cinco años“, te dicen.

Yo entonces sonrío mucho, muchísimo, y hago lo posible por cambiar de conversación. Pero en realidad me gustaría contestar a eso y usar lo que diría para esa charla que nunca dí y que a lo mejor nadie me vuelve a pedir que dé (con muy buen criterio).

No, claro que no. Para ser periodista no hace falta estarse cuatro o cinco años en una Facultad. El asunto empieza mucho, muchísimo antes, y  a veces ni siquiera implica pasar por la Universidad.

Os voy a contar un secreto: yo ya era periodista antes de entrar por primera vez en el aula magna de la Universidad Pontificia de Salamanca. Lo era antes de empezar el instituto, la secundaria, el bachillerato. No lo digo con falsa modestia. Lo confieso ahora porque a día de hoy sé que es verdad, y me ha costado darme cuenta unos años.

Yo no sé cómo va lo de elegir profesión para el resto de las personas. Supongo que hay quienes saben y asumen que su aspiración laboral en esta vida es estar de 8 a 3 en un banco. O de 7 a 5 en una fábrica de neveras. O a las 4 de la madrugada en una panificadora. Y hacen lo necesario para llegar a ese punto y lo logran. Tardan más o menos, pero llegan. ¿Cómo les viene la inspiración, la motivación, la oportunidad? No lo sé.

No tengo ni idea porque yo siempre he querido escribir y no me imaginaba haciendo otra cosa desde que era una niña con los dientes de conejo y veía pasar los días detrás de unas gafas que apenas se sostenían en mi nariz. Si eso no es ser periodista, que me lo expliquen.

Horas de radio

Horas de radio

Me he pasado horas embobada escuchando la radio. Muchas horas. Pero luego me dí cuenta de que hacerla, hacer radio, me daba mucho más. Mucho más que un sueldo -eso me lo dio durante unos años-, y mucho más que esa recompensa narcisista de escucharte, y que te escuchen, y que reconozcan tu voz en la pescadería, que también es importante.

Lo que yo he sentido todas y cada una de las veces que me he puesto delante de un micrófono no se paga con dinero. Sé que suena ingenuo y poco acorde con la susceptibilidad gremial del #GratisNoTrabajo, pero lo digo totalmente en serio. Pero no es exclusivo de la radio, que como sabéis es mi medio predilecto. Siento lo mismo ante una hoja en blanco, una entrevista que empieza o mientras espero a que tal o cual fuente descuelgue el teléfono al otro lado de la línea.

Suena banal en un mundo tan complicado como éste, pero cada vez que tengo que hacer un texto, una noticia, una pieza, me siento todopoderosa.

Mi mente se expande.

Puedo oír millones de engranajes en busca de la palabra exacta, la referencia adecuada, el término correcto.

Me lo tomo tan en serio que a veces me resulta hasta cómico. Me exprimo las meninges y adoro la sensación que me invade cuando escribo el punto y final o le doy a ‘Guardar’. Me siento plena, eficaz, rápida, certera. Incluso en textos que pueden resultar secundarios o banales. Para mí nunca lo son.

Cualquier cosa de las que escribo podría ser la última, y por eso intento sentirme orgullosa de todas y cada una de ellas.

Claro que algunas son mucho mejores que otras. Por supuesto, habrá noticias soporíferas, piezas demasiado lineales o estúpidamente confusas en mi historial. Y seguro que habrá quien crea que escribo fatal y que mejor me hubiera ido haciéndome abogada o profesora de dibujo.

Pero yo siento orgullo por cada línea.

Sé que nunca seré millonaria, ni parecido, y que estoy abocada a la mediocridad quizá por edad o quizá por carácter. Sé que hay personas que me conocen desde hace mucho o desde hace poco y que sienten pena de mí, porque creen que mi trabajo no vale lo que yo creo que vale.

A mí me dan pena aquellos que sólo miden su valía por el dinero que les pagan. Más remuneración no significa mejor profesional. Y menos ‘mejor persona’.

¿Tanto tienes, tanto vales?

¿Tanto tienes, tanto vales?

El día que yo desaparezca de la faz de la Tierra nadie me va a dar un honoris causa, ni me van a poner una calle en mi pueblo, ni van a editar una antología con mis mejores textos. Llego tarde para optar a todo eso, o a lo mejor nunca tuve en mi mano la posibilidad de encaminarme a esas metas, pero no me importa.

He fracasado alguna vez, pero soy una ganadora. Me da igual lo que ponga en mi nómina.

Soy periodista y eso me hace feliz. Me ha hecho feliz hasta cuando estaba ganándome la vida haciendo otra cosa, y sabed que cuando he tenido que dedicarme a otros menesteres, se me ha dado estupendamente.

No sé si es vocación o autocomplacencia. Me da absolutamente igual.

Cada vez que digo que soy periodista, lo hago con orgullo. Podéis lanzarme a la cara ‘Sálvame’, la telebasura, la manipulación, la precariedad, las miserias del gremio y hasta mis propios errores.

Seguiré orgullosa.

Y periodista, hasta que se pueda.

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