La esclavitud de la última hora

Me gusta que me llamen de madrugada, casi hasta cuando es para darme un disgusto.

La forma en que la canción que he elegido como melodía para el teléfono me secuestra del sueño y me estrella contra la cama de mi habitación siempre me sorprende.

A veces me crea cierta angustia, pero en el fondo disfruto de esas milésimas de segundo en las que no sabes dónde estás, ni a qué te dedicas, ni la edad que tienes. La sensación sólo dura hasta que despiertas y empiezas a integrarte de nuevo en el espacio-tiempo.

Entonces sólo puedes aclararte la garganta e intentar que el interlocutor no perciba hasta qué punto estabas sumida en un profundo sueño… Aunque normalmente si alguien te llama a esas horas, ya se imagina dónde y qué estás haciendo.

He aprendido a dormir con las persianas selladas, pero hace unos años me compré un despertador con los dígitos de un relajante color azul que me reconforta y le da a la habitación una luminiscencia muy zen. Mucho más que la luz que emitían otros relojes digitales de mi pasado no tan reciente, que tenían los números en rojo (muy perturbador) o en verde (demasiado tropical).

Azul piscina para conciliar el sueño

Azul piscina para conciliar el sueño

En alguna ocasión en la que he tenido que ceder mis aposentos, los huéspedes me han comentado que han tenido que poner el reloj mirando contra la pared porque tanta luz azul les deslumbraba y no les dejaba conciliar el sueño. Ellos se lo pierden, aunque reconozco que últimamente me he sorprendido a mí misma poniendo el despertador en un ligero escorzo. Será la edad, o las compañías, que me han vuelto (foto)sensible.

Puestos a reconocer pequeños pecados, sé que últimamente no estoy comentando demasiado la actualidad, ni el estado de la profesión. No es por falta de ganas o desconocimiento, ya que estoy hasta arriba de lo que alguna vez en la radio llamábamos ‘el barro informativo’. Quizá precisamente por eso, porque dedico más de un tercio del día a día a la información -buscarla, contrastarla, redactarla, corregirla, maquetarla, publicarla-, por lo que llevo un par de semanas en las que quiero separarme de ella a partir de las 8 de la tarde.

A veces se puede. La gran mayoría de los días, me veo incapaz.

Me han contado que hay personas que cuando salen de trabajar, apagan el móvil o lo ignoran.

Ya se puede acabar el mundo, que ellos desconectan.

El difícil arte de la desconexión

El difícil arte de la desconexión

Antes les tenía cierta envidia, pero en realidad me gusta esa esclavitud de la última hora, especialmente ahora que con las redes sociales no hay distancias.

Me gusta saber qué pasa a mi alrededor, y a 1.000 kilómetros, y me molesto cuando me preguntan “¿Te has enterado de…?” y resulta que no, que no me he enterado.

Me pasa poco, pero cuando pasa me disgusta. Me da la sensación de que no he estado atenta y me enfado conmigo misma, porque el mensajero suele ser inocente y bienintencionado y no se lo merece.

Con los años he aprendido que mis iras son mías y que tengo que evitar arrojarlas a la cara del primero que pasa a mi vera.

No sé si sabéis que siempre he tenido muy mal genio. Me gusta tener razón y soy extremadamente cabezona. Tengo muy mal perder y estoy segura de que habrá gente que cree que me conoce y esto no lo sabía. Otros sí que lo saben y me han sufrido, pero puedo contarlos con los dedos de la mano.

Es uno de mis defectos, pero tengo un estupendo y variado catálogo.

Y eso que la ira es un pecado capital

Y eso que la ira es un pecado capital

Soy rencorosa.

Tengo un punto cruel. Tiene que ver con el sarcasmo.

Soy extremadamente arbitraria al repartir mis afectos: a veces adoro a gente que me hace daño y no hago el suficiente caso a personas que me quieren bien.

Soy muy desconfiada.

Y otro día hablaré de las virtudes, que alguna habrá también, ni que sea por estadística.

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