Sigue mereciendo la pena

Estos días están llenos de noticias sobre políticos con cuentas en Suiza, partidos con luchas intestinas que parecen de patio de colegio, ministras que amagan con llorar,…

Ese escaparate de miserias ha coincidido con mi primera visita al Senado, esa cámara llena de señores senadores (claro). Ha habido quien me ha preguntado si realmente seguía existiendo. Y sí. Ahí está.

Fue un día largo, con muchas cosas nuevas. Lo acabé cansada, pero contenta.

Para estar aquí hoy, haciendo esto, has trabajado mucho desde que eras una niña.

Eso me dije a mí misma al llegar a casa. Y que dure.

Han pasado ya unos cuantos días y me he sorprendido repitiéndome esa misma frase cada vez que regreso al hogar.

Ya sé que una redacción no es una mina de carbón. No estamos a decenas de metros bajo tierra, ni nos jugamos el tipo. A veces vemos la luz del sol mientras trabajamos.

Pero esto del periodismo tampoco es que sea un bello jardín de felicidad. No es ni eso, ni la mina.

El trabajo en comunicación es un purgatorio que nos sorprende de vez en cuando acercándonos a sus dos límites, cielo e infierno, pero nunca acabamos traspasando ni una ni otra puerta. Casi, pero no.

Cuestión de fronteras

Cuestión de fronteras y alambradas

A mí el periodismo ya me daba alegrías de pequeña, cuando no sabía que era eso lo que iba a estar haciendo -intentándolo- el día de mañana. El mañana ya está aquí, y aunque también he tenido mis desengaños profesionales, sigo pensando que sí.

Que tengo suerte de tener esta profesión -la más bonita del mundo, que decía un maestro- y de poder dedicarme a ella en estos tiempos difíciles, con tanto despido en comunicación.

Que en esos días en que no te salen bien las cosas, en que un entrevistado te lo pone difícil o se te adelanta la competencia son sólo eso: días malos, de 24 horas como máximo. Se suelen acabar en cuanto te metes en la cama.

Que los días buenos, en los que solucionas un tema en una sola llamada, o sacas oro de una entrevista, o alguien te da la enhorabuena por tu trabajo; esos días no se acaban nunca. Siempre te acompañan, te recuerdan que eres capaz de grandes cosas y te consuelan cuando tropiezas.

Los días buenos en esta profesión son tan buenos que para mí sigue valiendo la pena.

Ay, esas historias de la radio, y lo que no fue radio…

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