Elegir mentir

Elecciones.

A qué hora ponemos el despertador. Cruzar por ese paso de cebra o por el siguiente. Parar un minuto delante de ese escaparate. Coger el paraguas o esperar que la lluvia no sea para tanto. Quedarte en casa o no.

Estamos decidiendo continuamente. A veces hay demasiadas opciones.

Tengo la sensación de que acierto más que fallo, pero probablemente me falte información. Me falta perspectiva.

Rara vez eres consciente de lo importante que es una elección cuando la tienes delante.

A veces elegimos cerrar puertas, pero ni siquiera tenemos las llaves. No depende de nosotros.

Esto me ha pasado hace poco.

Encrucijadas. Todos los días.

Encrucijadas. Todos los días.

Me he vuelto algo desconfiada con los años, supongo que por las malas experiencias, pero sigo bajando la guardia demasiado rápido. Vamos, que soy una pardilla, y eso es así por mucha prosa que quiera ponerle al concepto.

Me decía el otro día una amiga de nuevo cuño que soy transparente. No es la primera vez que me lo dicen.

Cuando hablo, noto cómo cambia la temperatura de mi cara, el ritmo del movimiento de las manos, crece y se suaviza la tensión de las comisuras de los labios, todo de acuerdo a lo que estoy contando. Si no estoy segura de lo que digo, todo se vuelve confuso y atropellado. Por eso mentir es fisiológicamente muy complicado para mí: se me nota enseguida.

Me sorprenden las personas que pueden mentir con toda la naturalidad del mundo. Tanta, que aunque estés completamente seguro de que no están siendo honestos, no puedes dejar de sonreírles y asentir, como si no estuvieras dándote cuenta de la jugada.

Lo que no entiendo es cómo pueden soportar los remordimientos. Quizás es que no los tienen.

Confía en mí. O no.

Confía en mí. O no.

En todo caso, a mí me entusiasman los mentirosos. No sólo despiertan en mí un interés antropológico; coincido con ellos en un momento dado, casi siempre por casualidad, les conozco más o menos y, de alguna forma, siempre dejo que me encandilen.

Me ganan para su causa enseguida. No es que yo sea una crédula, es que admiro la creatividad. Suelo darme cuenta de cuándo me están mintiendo; rara vez me equivoco.

Lo increíble es cómo se crecen los mentirosos cuando les sigues la corriente. Es magia en estado puro.

Cuando me cruzo con un mentiroso con el que sé que es muy difícil que vuelva a coincidir, disfruto cortándole las alas.

Hablo de esos chicos de los bares y las madrugadas que por robarte un beso (o algo más procaz) son capaces de jurarte por los huesos de su abuela que se han enamorado de tí, que eres la chica más bonita del local y que tu sonrisa ilumina la estancia.

Con 18 años te crees a uno de cada dos. Con 23, si acaso te lo tomas en serio de uno de cada cinco. A estas alturas, yo ya no me lo creo de ninguno.

¿Que a lo mejor he dejado escapar una gran oportunidad por ese escepticismo?

Bueno. Es un riesgo que no me importa correr.

Pero volvamos a los mentirosos, esos seres apasionantes, creativos, rápidos de reflejos, iconos del postureo.

¿Cómo es posible que se crucen tantos en mi camino?

Supongo que es porque les escucho atentamente y eso les sube el ego. Entonces dejan de mentirme a mí, sobre mí, y sólo hablan de sí mismos. Siempre en primera persona. Siempre tú.

Por eso se quedan conmigo.

Por lo mismo que yo siempre acabo dejándoles atrás.

Mentir es lo único que nos queda antes del fuego.

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