Interrogatorio-calendario

Los únicos que no deben alegrarse de que termine la Navidad deben de ser los pequeños de la casa. Los demás, adultos al menos en el D.N.I., ya estábamos algo cansados.

Algunos, cansados de descansar. Otros, de salir y celebrar lo que sea que tengan de bueno en su vida.

Ahora viene la cuesta de Enero, y este año lo hace con prórroga segura por lo menos hasta primavera. Esto es un pronóstico que manejo yo personalmente; no vengáis luego en Marzo a pedirme cuentas…

Que qué tal hemos estado estos días, nos preguntamos unos a otros entre medias sonrisas. Yo estoy satisfecha: he podido volver a casa una semana, reencontrarme y abrazarme con personas a las que realmente necesitaba volver a tener delante y también he descansado, hasta cuando he vuelto a Madrid, antes que nadie.

Feliz Normalidad

Feliz Normalidad

En realidad no mido mis períodos vitales por el año que entra o el que sale.

Cuando era más pequeña -y seguro que no fui la única-, el año empezaba en Septiembre, con la vuelta al colegio. El verano era una especie de paréntesis en tonos vivos, a veces con aroma a cloro o a río (si había suerte, a mar) y dos tonos más de oscuridad en la piel que nunca llegaban más allá de Octubre.

Así transcurrieron las cosas hasta que llegué a la Universidad; entonces empezaron los veranos como becaria y las vacaciones se reducían a lo que tuviera libre en el mes de Septiembre, antes de volver a Salamanca y empezar otra vez el ciclo.

¿Que cómo lo hago ahora? Fácil.

Mi cumpleaños es el punto de partida.

Antes era más divertido. A los 15 sueñas con cumplir los 18, y cuando los tienes vas a por los 20, y cuando te plantas en los 25 y te crees toda una mujer, te das cuenta de que estás a medio hacer y que no tienes prisa por seguir avanzando.

Ahora que me acerco a los 30 -AÚN ME QUEDA. TRANQUILOS– ya me empieza a entrar cierta inquietud.

No está saliendo el planning vital como yo pensaba.

En realidad estoy segura de que yo misma lo hice saltar por los aires cuando andaba todavía yendo y viniendo por las aulas y pasillos de aquella facultad que parecía un aeropuerto, por tierras charras.

En la faceta profesional estoy bastante satisfecha porque he trabajado mucho -y creo que bien-; he podido ser independiente económicamente y con la excepción de la televisión, he hecho un poco de todo. Si tengo que redirigir mi carrera hacia otros sectores, que es algo que podría suceder más pronto que tarde, al menos tendré esa experiencia para consolarme.

Lo demás… Ay, lo demás.

Siempre por la siguiente a la izquierda

Siempre por la siguiente a la izquierda

Una de mis amigas más queridas no tiene reloj biológico; más bien, juega a contrarreloj. A los 25 ya tenía que haber conocido al hombre perfecto y a día de hoy estarían casadísimos, pluscuamhipotecados, y dice que ya debería de tener dos hijos. Ya no sé si niño y niña, la parejita, o eso no lo tenía planificado. Y no van por ahí los tiros.

Ojalá ahora que estoy escribiendo estas líneas me sonase el móvil y fuese ella para decirme que acaba de conocer a ese ser principesco, porque se lo merece todo. Deseo de corazón que encuentre a un hombre que la trate como la reina que es y que le ayude a cumplir esas expectativas contra las que ahora parece que el tiempo juega en contra.

Ella, en mi opinión, tiene suerte de estar ahora mismo soltera y con el rádar alerta. Al menos tiene claro lo que busca y dónde quiere estar dentro de seis meses, un año, cinco o diez. La envidio, de verdad.

En cuanto se juntan más de tres o cuatro personas de diferentes generaciones en torno a una mesa, y eso es algo propio de la Navidad y de las bodas, surge SIEMPRE lo que yo llamo interrogatorio-calendario.

Suelen incluir alguna o varias de estas frases:

-Y tú, ¿qué? ¿Algún novio? ¿No? Qué pena, pero ya encontrarás algo…

-La siguiente boda ya será la tuya, ¿o no?

-Yo a tu edad ya tenía mi casa y tres hijos.

En esas ocasiones pongo mi sonrisa Profidén y hago uso de mi voz de azafata de Iberia para ser lo más amable y educado que existe sobre la faz de la Tierra y cambiar de tema respondiendo lo más diplomáticamente posible.

Por suerte, siempre hay alguien cerca que capta el esfuerzo por reprimir el impulso homicida y te echa un cable. Lo que me extraña es que no haya todavía más altercados domésticos en estas fechas, de verdad.

A los 20 años me hacía gracia el interrogatorio-calendario.

Me ponía colorada como un tomate y pedía paciencia al auditorio, pero tenía clarísimo lo que iba a pasar y estaba conforme con ello.

Tenía una pareja estable y mi horizonte vital inmediato era terminar la carrera, encontrar trabajo y que viviésemos juntos. Muy probablemente estaría ya casada, pagando una V.P.O. en Zaragoza y con la casita ya a punto en el pueblo para subir corriendo cada viernes; a mis actuales 28, también habría algún perro y puede que algún bebé en mente o en una cuna.

Así de claro lo veía yo y el susodicho, todavía más.

Pero ya se sabe eso de que los caminos de no sé quién son inescrutables y a los 23 años sí me ví con la carrera terminada, con trabajo, pero sin partenaire.

Cada uno por su lado. A veces pasa.

Cada uno por su lado. A veces pasa.

No me voy a poner aquí a dar detalles escabrosos -y creedme, los hubo-, pero el caso es que desde entonces he andado por ahí centrada sólo en el periodismo para hacerme mis planes vitales.

Soy consciente de que he puesto toda mi atención en el trabajo. En los pocos ratos libres, he tenido ocasión de ir conociendo y desconociendo a gente de todo tipo.

Por eso cuando hace poquito tiempo estaba con unas cuantas personas de mi edad y empezaron a hablar de bodas e hijos algunos a los que no me habría imaginado en 100 años haciendo proselitismo de la vida en común, me preocupé.

Yo tenía previsto empezar a agobiarme cuando cumpliese los 30, pero acaba de empezar 2013, me caen 29 en Abril y ya estoy empezando con vértigos.

¿Que cuál es el propósito de este post en concreto?

Que os lo toméis con calma todos, por favor.

Y al próximo que venga con su interrogatorio-calendario… A ése, le pido prudencia, por su bien.

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