Escribir, un trabajo de oficina

El verso, la canción, te permite escribir borracho a las tres de la mañana, pero la prosa no. 

La prosa es un trabajo de oficina.

Esto lo contaba hace unos días Joaquín Sabina -juro que mencionarlo dos veces este mes es casualidad- en una entrevista en Jot Down Magazine que os recomiendo, no sólo por la conversación mencionada, sino porque en general los artículos de esta publicación son muy buenos. Dicho queda.

Muchas veces he hablado directa o indirectamente de lo que significa dedicarse a escribir, sobre todo pensando en el periodismo. Habrá alguno que ya me esté echando el alto: “El periodismo no es literatura, es otra cosa”, me dirá. Y no andará desencaminado.

Desde luego que las cosas que yo he escrito para prensa y radio en los últimos años no pasarán a la historia de las letras por su calidad y estilo literario… Pero sí hay ejemplos de buena literatura escondidos en páginas impresas y webs; en televisiones, radios y podcasts. Donde menos lo esperamos. Precisamente porque ya no esperamos casi nada de los medios de comunicación, a veces nos regalan pequeñas alegrías.

Hablaba el señor Sabina del oficio de escribir. Aquí donde me leéis, también yo pasé por una etapa adolescente enamoradiza y confusa (como casi todas) y sí, escribía poesía. Quizá “poesía” sea una palabra demasiado grande para lo que en realidad emborronaba mis cuadernos, pero a falta de otro término apropiado, sí. Versos eran.

Algunos malos, que podrían haber ido a para como mucho al repertorio de Ella Baila Sola (con suerte), y otros algo mejores por los que llegué a sentir un ligero orgullo jovenzano e ingenuo.

Luego empiezas a leer poesía más allá de las antologías que van y vienen por los años escolares y te das cuenta de que haces bien en guardar esos textos en la carpeta más recóndita del portátil.

El oficio de escribir y su exigua remuneración

El oficio de escribir y su exigua remuneración

Uno de los primeros libros de poemas que me compré con lo poco que manejaba en efectivo cuando estudiaba la carrera fue “Frágil”, de Javier Rodríguez Marcos (Cáceres, 1970). Corría el año 2002 y hoy en día ese autor que me impresionó sigue escribiendo mucho y variado en su blog para El País, Letra pequeña.

Desgraciadamente doy ese libro por perdido, ya que se lo presté a un amigo y ya no volvió más. Algún día volveré a comprarlo, si es que sigue editándose.

El caso es que el poemario me gustó, pero hubo un verso que no me he quitado jamás de la cabeza. De ésos que te hubiera gustado dejar escritos, aunque sólo los hubieras leído para ti mismo, por los siglos de los siglos.

Soy un cosmopolita. 

Me siento solo en todas partes.

No sé si era punto y seguido o punto y aparte, pero fue como una puñalada y ahí quedó la cicatriz.

Yo creo en la inspiración porque la he visto/sentido. Me he despertado a mitad de noche con una idea estupenda; he interrumpido una lectura para anotar algo en un margen y he pausado una película porque tenía que apuntar algo. A veces esas notas no me han servido para absolutamente nada, y en otras ocasiones les he dado algún uso.

En estos tiempos de sobreabundancia de redes sociales, con cualquier cosa se hace un tuit o un estado de Facebook. Así no se me olvidan las cosas.

¿Y por qué he empezado dándole la razón a don Joaquín?

Porque sí, es así.

Las Nueve Musas

Las Nueve Musas

A las tres de la mañana, en plena nebulosa nocturna -y hasta festiva- a todos se nos ocurren grandes frases para los anales de la historia y de la literatura universal.

La prosa, queridos, es otra cosa.

Es repasar cada línea, la puntuación, el fonema, la sintaxis y mil cosas más, después de la idea genial o sin que hayamos tenido una. Porque de pronto una frase no te funciona, y si no has tenido esa sensación, es que tampoco has escrito mucho.

Yo tengo archivos que creé en 2004 y a los que sigo haciendo cambios cada vez que los abro. A veces no me atrevo por respeto a esa Gloria veinteañera a la que ésa de allí le pareció la mejor solución, pero en otras ocasiones sí quito y pongo, dispongo y desordeno. Y luego le doy a ‘Guardar’ y allí queda aquello, bien cerrado hasta la próxima.

A lo mejor un día me animo y subo alguna cosa que tengo por ahí, pero no lo creo.

Ya lo decían otros versos, éstos de Fernando Pessoa (traducidos del portugués):

Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.

También escribí en mi tiempo cartas de amor,
como las demás,
ridículas.

Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.

Pero, al fin y al cabo,
sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
sí que son
ridículas.

Quién me diera en el tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor
ridículas.

La verdad es que hoy mis recuerdos
de esas cartas de amor
sí que son
ridículos.

(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas).

Y es que todos los poemas son cartas de amor, y [casi] siempre son ridículos.

O eso me parece a mí, que tampoco es que tenga mucha idea de casi nada.

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