Estropicio de incertidumbre

Pensaba que me iba a costar más, pero en apenas dos semanas ya me siento integrada/absorbida de nuevo por la rueda del periodismo activo.

Busco temas, hablo con gente de todo tipo por teléfono, salgo a cubrir alguna ponencia y a hacer entrevistas y redacto, corrijo, reescribo y publico.

Cualquiera diría que llevaba un año y pico sin ejercer de forma remunerada y profesional.

Los primeros días en el nuevo trabajo sufría pensando en si sería capaz de meterme otra vez en el juego y hacerme un sitio en una redacción. Todavía no tengo un puesto asegurado, pero si esta aventura no sale bien, por lo menos haré las maletas con la conciencia tranquilísima. No podrán decir que no lo puse todo de mi parte.

Creo que el hecho de haber pasado unos meses en paro y sin perspectivas de nada me ha servido como vacuna contra la incertidumbre y el no saber qué va a ser de uno el mes que viene.

Una captura del cartel que preside la plaza de Callao

La primera vez que me quedé sin trabajo fue una experiencia durísima por varios motivos: el momento (ya estábamos metidos hasta el cuello en la crisis), lo fulminante del anuncio, la rapidez con que tuve que cerrar aquella etapa,… No pude despedirme como me hubiera gustado de quienes habían sido mis compañeros.

Tengo la certeza de que alguno respiró más tranquilo cuando me fui por la puerta, aunque quiero pensar que también hubo quien me echó de menos profesional y personalmente; algunos así me lo hacen saber de vez en cuando, y se lo agradezco de todo corazón.

Fue de lo poco que me consoló en aquellos momentos.

Un despido es un fracaso. No sólo del defenestrado (yo misma), que recibe el mensaje de que no ha estado a la altura; creo que para el ejecutor tampoco ha de ser plato de buen gusto. Está reconociendo que se equivocó al contratar a esa persona, que no ha sabido moldearla o quién sabe qué otras carencias o errores.

Cuando me mandaron a mi casa a dormir el sueño del paro, dediqué muchas horas a pensar en qué me había equivocado, qué podría haber hecho mejor o qué cosas tendría que haber evitado. Fue un ejercicio doloroso, pero lo juzgué necesario, ya que oficialmente no me dieron demasiadas explicaciones.

Después de ese primer y último despido de mi vida -toco madera-, encontré otro quehacer en dos meses, algo que hizo más leve el desamparo del paro. No tenía que ver con el periodismo, pero me permitía seguir buscando e ir ingresando, que no era poco. Al cabo de un año, se terminó mi contrato y no se me renovó porque la empresa estaba en pérdidas. Aún hoy me adeudan un par de nóminas y el finiquito, así que la salida de aquella empresa en decadencia casi fue un regalo.

Sigo teniendo fe en el FOGASA, aunque cada día un poco menos.

Luego vinieron los seis meses desempleada.

Intenté no decaer, pero tuve momentos oscuros. Cuando de repente se me apareció esta oportunidad de venirme a Madrid, tardé días en asimilarlo. Había pasado medio año oscilando entre la lucha por encontrar ALGO, CUALQUIER COSA en los medios aragoneses (tarea de titanes, máxime si vas sin padrinos por la vida, como servidora) y la penitencia de las miradas de conmiseración de conocidos, amigos y familiares. Es muy duro constatar que de alguna forma les decepcionas.

También hay personas miserables a los que se les ve claramente en la mirada un brillo de malicia cuando les dices que no tienes trabajo. “Con lo lista que tú eres… Y mira dónde estás”, parecen manifestar. Nunca jamás lo harán en tu cara, pero vaya si lo dicen.

A quien quiera escucharlo.

Lo que hay que hacer es callarse más, sobre todo los malos deseos

Lo que hay que hacer es callarse más, sobre todo si lo único que tenemos que comunicar son malos deseos

Lo mejor que se puede hacer en esos casos es sonreír y continuar adelante. Yo no soy vengativa, de modo que nunca restregaría nada a nadie cuando las cosas cambian, pero sí soy rencorosa -lo reconozco- y tengo muy buena memoria para los agravios.

En estos casos me sale el ramalazo judeo-cristiano y devuelvo bien por mal, que siempre les desconcierta mucho y les hace sentirse culpables. El de la mala conciencia es el mejor castigo que se me ocurre.

Decía Gandhi que no hay que dejar que muera el sol sin que hayan muerto tus rencores.

Lo siento, Mahatma.

No todos podemos ser tan buenos como lo fuiste tú.

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