Omnia mea mecum porto (o no)

“Llevo conmigo todo lo mío”.

Es lo que contestó uno de los Siete Sabios de Grecia, el filósofo Bías, a quienes le preguntaron hace un par de milenios por qué abandonaba su ciudad tan ligero de equipaje, sin bultos ni riquezas. Todo lo que necesitaba ya lo llevaba encima, efectivamente, empezando por una buena cabeza sobre los hombros. Ahora, como tiramos tanto de smartphone, quizás muchos cogeríamos la puerta para no volver con la misma liviandad que el bueno de Bías; sin nada especialmente aparatoso que llevarnos. Está todo allí, en ese amasijo de circuitos, placas, litio y cobalto.

Cuánto cambian las prioridades con los años; con los que cumplimos y con los que pasan mientras crecemos.

Seguro que habéis leído mil veces la respuesta de algún personaje relevante o famoso -no es lo mismo- a ese lugar común de la entrevista de “qué te llevarías a una isla desierta”. Yo, con 10 u 11 años, siempre fantaseaba con que una máquina de escribir sería de lo poco que me llevaría, quizá con un radiocassette, y una buena almohada. Y las gafas, claro.

Durante la infancia tuve un par de máquinas de escribir: empecé dándole la tabarra a mi abuela paterna para que me dejase usar la suya, una auténtica pieza de anticuario, y con el tiempo tuve otras dos, ya usadas, que me fueron legando no sé muy bien quiénes. Al final por un cumpleaños me regalaron una nueva, azul, portátil, con las teclas negras, que me pareció ver el otro día en algún rincón de la casa familiar, cogiendo polvo.

Desahuciadas máquinas de escribir

Desahuciadas máquinas de escribir

Cuando yo divagaba sobre el listado de objetos que salvaría de un naufragio hace unos años, ni había móviles ni se les esperaba. Los ordenadores, por no tener, no tenían ni ratón y el monitor a color era el no va más. La primera vez que vi una cadena de televisión que no era ni La 1 ni La 2 (o La Primera y La Segunda) fue durante una estancia en Barcelona, justo el verano después de haberme convertido en miembro de la no tan honorable generación LOGSE. Tenía 13 años y estuve en el “primer 1º de la E.S.O.”, antes conocido como 7º de E.G.B.

Habrá quien me lea y piense que estoy ya mayor y hasta desactualizada, y a lo mejor otros dirán que soy una pipiola.

Si tuviera que ponerme hoy a confeccionar una relación de cosas que me llevaría a una isla desierta, no reemplazaría la máquina de escribir por un ordenador. Hasta donde sé, los portátiles todavía necesitan de una batería o de corriente eléctrica para funcionar, mientras que una máquina de escribir es operativa durante mucho tiempo con un par de carretes de tinta (y folios). Lo mismo pasaría con un móvil, por muy moderno que fuera. Y en según qué islas del Pacífico Sur (puestos a pedir, elegiría esa zona para naufragar) creo que no andan sobrados de cobertura ni 3G, y precisamente ésa es la gracia.

Quizá todo esto es porque quisiera ser tan casual y outsider como mi amigo heleno Bías o porque desde que vi en el trastero mi máquina de escribir azul pienso mucho en las alegrías y las horas de entretenimiento que me han dado las letras. Creo que las horas leyendo libros y escribiendo sandeces hasta ganan a los minutos en Internet.

Ojalá siga siendo capaz de conservar esa proporción de papel>pantalla.

Pensamientos como ése sí que me hacen sentirme mayor… O fetichista, o biblófila; no lo tengo claro.

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