Allá va la despedida

Debe ser la tercera o cuarta vez que retomo este post, y espero que ésta sea la definitiva. Vamos allá.

La vida nos da muchas veces razones para llorar, casi todas malas, e incluso cuando el motivo de las lágrimas es una gran noticia no puede dejar uno de sorprenderse de que lo primero que provoque la buena nueva sea el llanto. Debe ser por algún tipo de cortocircuito neuronal que a mí se me escapa; ya habréis inferido que soy de Letras. Así que no me avergüenza reconocer que llevo unos días con la lágrima fácil, pero no me importa porque lo atribuyo al descontrol emocional y a un cableado neurológico defectuoso.

Después de seis meses sin trabajo y un año y pico sin ejercer el periodismo de forma remunerada, que te hagan una entrevista de trabajo DE LO TUYO (gran expresión) es una estupenda noticia. Por supuesto, llegan los nervios y también hay que hacer un trabajo de preparación sobre la empresa y sobre una misma -¿qué me pongo? ¿qué tengo que controlar?-, pasar ese trance del escrutinio de otros profesionales mucho más curtidos que tú e intentar que se lleven una buena impresión. Se trata de darle cuerpo a lo bueno que vieron de tu currículum, sobre el papel, esperando haber acertado en tus pesquisas sobre qué cartas mostrarles. No es un examen, pero casi.

Esta vez me he llevado un “Sí”.

Cuando leí el correo en el que me decían que contaban conmigo y que me esperaban en unos días en Madrid -que se dice pronto- para estar un mes a prueba, me quedé un rato mirando la pantalla en silencio, sin reaccionar, y sin saber qué hacer a continuación.

Madrid al Sol desde la azotea de Gran Vía, 32 (2006)

Madrid al Sol desde la azotea de Gran Vía, 32 (2006)

Me tomé mis buenos 30 minutos para marcar el móvil de mi madre, que estaba trabajando, y hablar con ella con el manos libres mientras batía el récord de pulsaciones en el portátil para escribir a mis amigos. Esto pasó hace unos días y sigo todavía sorprendida; no me acabo de hacer a la idea. También sigo sin alojamiento, pero tengo una extraña fe en que eso lo arreglaré pronto, one way or another.

Así que aquí estoy, sin saber qué día o en qué medio de transporte me voy a ir a la capital; sólo sé que tendré que estar allí al menos 30 días, que es lo que dura el período de prueba, y luego ya se verá. Puede pasar que me manden a mi casa después de ese mes y soy plenamente consciente de que es una posibilidad real. Simplemente volvería a hacer la maleta, haría examen de conciencia y vuelta a casa, donde sea que esté eso.

Cuando llega el momento de abandonar un sitio donde has pasado años de tu vida nunca se sabe cómo te va a responder el corazón. Por supuesto, estoy contenta y emocionada de ir a una nueva ciudad con un flamante trabajo, pero sentada en mi pequeño piso de 40 metros cuadrados junto al Mercado Central de Zaragoza, mientras intento ordenar la ropa del armario, me siento triste y ligeramente desamparada.

Cinco años y pico y al final todo lo que necesitas para seguir adelante cabe en una maleta no tan grande.

Las fotos, los libros, los archivos de otros trabajos; todo eso se queda atrás. Si finalmente me dan el puesto, he dejado instrucciones para que recojan todo eso y lo lleven a casa de mis padres, por si  no puedo hacerlo yo misma, y sé que no harán falta más de 10 horas para que parezca que no he vivido jamás en esta casa.

Sentí algo parecido cuando recogí todos mis enseres al terminar la carrera y abandoné Salamanca, lugar al que por cierto no he vuelto.

Una tarde, de paseo por Salamanca (2004)

Una tarde, de paseo por Salamanca (2004)

La tarde que me fui de aquella ciudad, después de cinco intensísimos años, no quise llorar delante de nadie. Eso sí, las horas que pasé sola organizando los bultos en el apartamento fueron de las más lacrimógenas que recuerdo. Lloraba por el vértigo que daba ser adulto (además, amenazaba el desempleo), pero sobre todo por lo que significaría dejar de ver a personas que se habían convertido en imprescindibles para mí y a las que quizás no supe decírselo; porque se me rompía el corazón y casi notaba cómo se me clavaban sus pedazos rotos por dentro del pecho. Esa sensación la he vuelto a vivir estos días, pero es que además ahora se trata de dejar atrás mi tierra y abandonar la lucha por ganarme la vida dentro de sus límites.

Ya sé que suena poco cosmopolita esa devoción por el terruño, pero me había acostumbrado a tener a mi familia y mis amigos de siempre cerca después de estudiar una carrera muy lejos de ellos y hasta el último momento tuve la secreta ilusión de poder quedarme en Zaragoza, Huesca, Jaca y levantar en sus cercanías un proyecto profesional.

Pues no.

Aquí no he encontrado mi sitio, aunque sí lo tuve hace un tiempo (eso sentía), y hoy no puedo evitar sentir el peso de ese fracaso. No he sabido buscarme la vida en los medios de comunicación aragoneses y me duele no haber sido capaz de haberlo logrado. Quizá dentro de unos cuantos años vuelva a intentarlo, pero ahora me puede el desengaño. Hace unos días se habló de un éxodo de jóvenes en Aragón que se van por trabajo a otras comunidades y ahora que me siento parte de ese colectivo no sé si el fracaso es sólo mío. No me consuela, pero aligera la carga: quizá no sólo sea que yo no he estado a la altura; puede que tampoco haya suficientes oportunidades.

En fin.

Compagino la tarea de hacer el equipaje con cañas y cafés de despedida en Zaragoza, como haré en breve en Jaca, y de momento -en público- voy aguantando el tipo. No descarto venirme abajo ya de cara al domingo, cuando quede menos de una semana para irme, pero eso ya me lo guardo para mí.

Como dije el otro día, el ritual de hacer inventario y cerrar varias puertas de forma probablemente definitiva no me es novedoso, pero sí, me sigue rompiendo el corazón.

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3 Respuestas a “Allá va la despedida

  1. Primero de todo, ¡¡¡felicidades por el trabajo!!! (aunque haya que pasar antes por el mes de prueba). Y en Madrid, qué envidia 😉

    Respecto a lo de no encontrar tu sitio en los medios aragoneses…
    Yo lo veo muy claro, son ellos los que no han estado a tu altura 😉

    Mucho ánimo, que ya verás como triunfas.
    Un besazo, Andrea.

  2. Bueeeeno, pues otra lectura que se me cae (porque imagino que aparcarás el blog) Enhorabuena por el curro, ya me recordarás cómo es, que hace mucho que no… Si estás por Madrid trataré de pasar a verte o, como mínimo, secuestrarte para que vuelvas a Charrajevo. Es inadmisible que no hayas vuelto ¬¬ Mucha suerte y ánimo

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