“Ya te llamaremos”

Tras unos días de silencio 2.0, me encuentro otra vez delante del portátil. Nunca le he tenido pánico a la hoja en blanco, ni -actualizando la expresión- al cursor de arriba a la izquierda en la pantalla, pero reconozco que a veces me puede la dulce procrastinación. Ésta ha sido una de ésas ocasiones.

Me encontraba algo cansada porque he pasado unos días extrañamente bulliciosos para ser una desempleada: además de sobrevivir a unas Fiestas del Pilar low cost, tuve que hacer una visita-relámpago a Madrid para hacer la que fue mi primera entrevista de trabajo en seis meses…

¿Mi resumen del encuentro?

Buenas sensaciones, brindis interno al son del “Ya te llamaremos” de la despedida y muchas horas de repaso mental a los 40 minutos de entrevista (y las que me quedan por delante, me temo).

No me perdí, contra todo pronóstico. Fue extraño moverme por la capital yo sola, aunque no experimenté ningún tipo de desamparo. Me sentí cómoda callejeando al ritmo de la ciudad y durante las horas que pasé allí me pareció que llevaba toda la vida subiéndome y apeándome de vagones de metro, caminando decidida hasta llegar al siguiente destino.

Podría acostumbrarme.

Una moderna-pueblerina en el Metro

Una moderna-pueblerina en el Metro

Durante la hora y media de AVE hasta llegar a Atocha, anduve leyendo la prensa, echándole un vistazo a las ediciones digitales de varios medios y por supuesto a la portada de la cabecera en la que tenía la entrevista, empresa sobre la que me había aprendido ya casi todo la semana anterior, claro.

No he hecho muchas entrevistas de trabajo en mi vida porque tuve la suerte de empezar a ejercer nada más terminar de estudiar y hasta pasados cuatro años no tuve que hacer ninguna otra; en la siguiente, me cogieron, y así va el cómputo hasta ahora (toco madera, a ver si me hago un combo de 3/3 con ésta última).

Sea como fuere, informarte sobre la otra parte es esencial en esta profesión, ya seas tú quien pregunta o quien responde, y me extrañan esos casos de personas de cualquier ámbito que han ido a una entrevista sin haber hecho ni una simple búsqueda en Google. Con esto no quiero alinearme al 100% con el caso de Nicolás y la desagradable carta de respuesta que envió a un candidato, pero sí he de reconocer que en ese pequeño punto sí tenía razón el hombre: lo mejor es saber con quién te estás jugando los cuartos, especialmente en lo profesional.

En fin. Después del desembarco en Puerta de Atocha y la posterior excursión en metro, llegué a las cercanías del lugar de la entrevista, busqué el sitio al que tenía que ir y -una vez fijado el objetivo-, me metí en una cafetería próxima a hacer tiempo, inyección de cafeína incluida. Me llamaron para adelantar la hora de la entrevista y en tres minutos me tenían en la puerta, con una sonrisa que me daba la vuelta dos veces a la cara. Que se note la inversión de mis padres en la ortodoncia.

Enseguida empezó la entrevista, y fue bien. Dejando aparte mi ligera afonía, producto de un catarro mal curado tras una tromba de agua pre-Pilar, la conversación fue formal pero distendida y al terminar salí relajada y esperanzada. En el tren de regreso a Zaragoza sí padecí los siete males, supongo que por los nervios acumulados.

Veremos en qué queda todo esto, pero conforta saber que al menos alguien en alguna redacción de este país puede encontrar interesante mi CV en papel; tanto como para querer conocerme en persona, a esa Gloria en modo profesional-dispuesta-a-ejercer-ya-mismo, versión unplugged. Esa noche me acosté en mi cama con una fe renovada en el gremio contratante. Aún me dura.

Prometo retomar un ritmo de publicaciones similar al de Septiembre, ahora que parece que está todo en calma una vez más.

Sigo mirando el móvil de reojo, hasta a deshora, por si suena.

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