Diez años no son nada

Estaba yo esta última semana pendiente de gestiones, de llamadas y de trámites varios cuando recibí vía e-mail un panegírico firmado por un extraordinario compañero de promoción -desde aquí, y aunque no lo sepa nunca, le mando un abrazo virtual a don Roberto Benito– recordándonos que el pasado 2 de Octubre se cumplía un decenio desde que empezamos la doble aventura de estudiar Periodismo (1) en Salamanca (2). Esas dos variables son responsables de gran parte de lo que soy ahora y quiero tomarme unos minutos para reflexionar sobre ello.

La Plaza Mayor de Salamanca, punto de encuentro

La Plaza Mayor de Salamanca, punto de encuentro

El texto que envió Roberto me emocionó y me hizo recordar cosas que tenía “archivadas” en algún rincón de la memoria: el 99,9% fueron buenas, pero también me vinieron a la mente episodios que sorprendentemente siguen escociendo (menos, eso sí).

A continuación reproduzco el correo que mandé a mis compañeros el pasado 8 de Julio de 2007, cuando ya había recogido todo lo que tenía en Salamanca y me había instalado en Zaragoza con la orla aún sin enmarcar:

Mis queridos todos, me pongo nostálgica y os dedico unas líneas. Será el calor…

Mal que bien, he vivido (y sobrevivido) cinco años con vosotros; a veces, contra algunos de vosotros; el balance me dice que ha sido una época casi feliz, contra todo pronóstico. Ya lo dije una vez: gracias a quienes me habéis hecho llevadera la circunstancia y me habéis hecho sonreír cuando no me lo esperaba, y gracias también a aquellos que me hicieron daño alguna vez, porque de las alegrías se disfruta, pero en los momentos complicados es cuando uno aprende más de sí mismo y de lo que es capaz de hacer.

Como ahora me he metido en una dinámica de borrón y cuenta nueva (esto de la soltería me pilla desentrenada, y qué decir de la entrada en el mercado laboral), sólo puedo desearos la suerte que todos os merecéis donde quiera que recalen vuestros cuerpos serranos. Cuando trabajo me convierto socialmente en una despreocupada crónica, pero aunque no llame nunca, pienso mucho en vosotros; por eso este correo, de recordatorio.

Parafraseando a Iván Ferreiro, no tengo valor para marcharme del todo; no quisiera verme en unos años preguntándome qué habrá sido de alguno de vosotros para darme cuenta de que no volví a saber nada desde Junio de 2007… ¡Así que no me seáis siesos y manifestaos! Lo ideal sería volver a vernos, aunque con esta diáspora que hemos montado es un poco complicado, pero no pierdo la esperanza, queridos.

En fin.

Cuidaos, descansad, trabajad, pasead con vuestros churris, salid como vosotros sabéis, no os droguéis en demasía (sólo alcohol y tabaco), y acordaos de vez en cuando de mí. Espero que sea con cariño.

Por mi parte, nada más desde Zaragoza, el horno urbano más baturro del hemisferio Norte.

¡Besos!

¿Nos vemos en los bares?

Juro que estoy en alguna parte de lo alto de la escalinata

Juro que estoy en alguna parte de lo alto de la escalinata

Al releer esas líneas me reconozco en ellas: me recuerdo de anochecida, escribiéndolas en un Toshiba desvencijado, con una lagrimilla asomando al ojo izquierdo y una sonrisa idiota. Entonces pensaba en cuánto me habían cambiado esos cinco años a 600 kilómetros de mi casa, en la huella que había dejado en mí esa gente que había conocido y en la aventura que comenzaba. El verano de 2007 fue el de la última beca, el de la búsqueda del primer empleo y los encuentros y desencuentros con personas nuevas que me acompañarían en el camino que empezaba a recorrer, joven e inexperta, en aquella Zaragoza pre-Expo. Hoy me doy cuenta de que no he cambiado tanto desde que terminé la carrera, pero sí lo hice entre 2002 y 2007.

No sé si la Gloria que se fue a los 18 años a estudiar a una Salamanca reluciente, recién estrenada la Capitalidad Cultural Europea, es o no mejor que la que puso punto y final a la licenciatura en 2007 o la que está escribiendo estas líneas en 2012. Sí sé que la de hoy es capaz de ser felicísima, de apasionarse hasta el extremo por su oficio, de reírse incluso cuando ya no hay motivos, de querer a alguien sin condición ni mesura. Y también puede estar tristísima, perder la fe en su vocación por momentos, llorar amargamente por las pérdidas y dejarse atrapar por un rencor oscuro y candente en algunas ocasiones. He aquí parte de mi equipaje. Nadie está obligado a quedarse.

Miro atrás hoy, diez años después de empezar la carrera, y pese a que en estos momentos la situación es la que es en lo profesional, no hay reproches ni sensación de fracaso. Tampoco puedo decir que esté exultante y encantada de haberme conocido, pero no cabe duda de que podría estar (ser) mucho peor. Tendrán que venir tiempos mejores y yo estaré en primera línea para hacerlos míos.

Como cierre del post, dejo aquí una parte del discurso que hicieron Roberto Benito (again) y mi sonriente Fátima Román. Sirva su recuerdo para hacerlo extensivo al resto de personas que compartieron de uno u otro modo algunos de los mejores años de mi vida.

Quod natura non dat, Salmantica non praestat.

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