Arde la calle: ¿qué tal te lo están contando?

Del mismo modo en que el 15-M no fue flor de un día, meses después vino el 15-S, y tras él, llegó el 25-S y siguientes. Parece que para el próximo sábado (29-S) se prepara otra convocatoria y no dudo de que al ser fin de semana se notará en la afluencia. La cifra más reproducida en los medios es la de 6.000 asistentes y ya he comentado en otras ocasiones que una de las cosas que me entusiasma de las rutinas mediáticas es la de arrojarse miles de manifestantes… Antes era un juego entre empresas periodísticas, convocantes y políticos, pero últimamente esa batalla se libra también en las sacrosantas redes sociales.

Por supuesto tendría mucho que decir de lo que se ha vivido estos días en Neptuno, Atocha y los alrededores del Congreso, y hasta en cierto bar madrileño, cuyo aguerrido camarero se ha convertido en un símbolo para muchos. Hemos visto imágenes muy duras, tanto en los medios como en Twitter, que seguro que habréis comentado y no quiero ser reiterativa, pero sí quiero detenerme en dos impresiones que ya tuve el pasado 15-M. Fui simpatizante, asistente y me tocó cubrirlo, ya que ¡sí! entonces estaba trabajando como redactora:

1) Una vez más el 2.0 se ha convertido en un arma de doble filo: la inmediatez devora todo lo demás; la verdad y la mentira. Y lo que nos queda.

2) En este tipo de concentraciones siempre acaba cobrando algún periodista que únicamente está trabajando. Y le pueden caer improperios y hasta golpes de cualquier parte: de los que reparten amparados por el traje de antidisturbios y de exaltados a los que les molesta que estés ahí para contarlo.

Algunos lemas vistos el 25S

Como acabo de decir, estuve en las concentraciones del 15-M en Zaragoza, tanto a título personal como en mi faceta de redactora. No es que esas dos vertientes de mi personalidad sean opuestas ni excluyentes, ni mucho menos, pero cuando estoy trabajando intento tener la cabeza fría y racionalizar mucho más todo lo que veo para poder contarlo de la manera más profesional que pueda.

Una injusticia sigue siéndolo me pille en el rol que me pille, pero hay una diferencia entre subir una foto del momento que nos indigna al Twitter y tuitearla junto a un expresivo “Vaya hijos de p***”, que es lo que le pide a una el cuerpo, y otra es seguir grabando, hacer varias fotos más, apuntar nombres de implicados (cuando se puede), intentar hablar con más testigos, irte a la redacción y empezar a escribir, llamar a Delegación del Gobierno, al portavoz de la convocatoria, a los bomberos o a donde sea para confirmar los datos que tienes y comentar lo que has visto con tus superiores y compañeros -también de otros medios- antes de salir a antena. Lo primero lo podemos hacer todos. Lo segundo no está prohibido para nadie, pero de cada 1.000 lo hacen 100 y la gran mayoría de ellos suelen ser (qué casualidad) periodistas.

No entiendo por qué se cortan los cables de las cámaras que enfocan a quienes están haciendo un directo, o por qué algunos policías requisan cámaras u obligan a borrar fotos; menos aún los insultos y el lanzamiento de objetos. En realidad sí comprendo el motivo, simple y ramplón: no quiero que nadie vea lo que estoy haciendo ni que tú lo cuentes. Lo que se me escapa es el mecanismo mental que lleva a quienes hacen ese tipo de cosas, ya que dejar que la prensa cuente lo que está pasando es una de las vías más adecuadas para legitimar una acción, y ya opinará la audiencia. La censura -con la que demasiadas veces se llenan muchos la boca- es siempre SIEMPRE contraproducente.

Podríamos debatir muchas horas sobre el papel del periodista ante el hecho. Hay gente que se gana la vida muy bien dando conferencias y yendo a tertulias dedicadas a estos menesteres y está claro que a mí de momento nadie me da un duro por mi opinión, pero allá que va…

En tanto que somos personas (mejores o peores, pero GENTE), los periodistas no podemos ser meros registradores. Elegimos un encuadre en vez de otro, una palabra y no su sinónimo, un fondo o tono más o menos lúgubre o apasionado al contar algo. También tenemos opinión, votamos, tenemos buenos y malos días, pero se supone que tenemos algo que nos acredita para hacer relatos verosímiles -no he dicho ‘verdaderos‘- de lo que ocurre, y no estoy hablando de un título, que al final suele ser lo de menos.

No es que tengamos un superpoder ni una patente de corso: esa condición sine-qua-non para ser informador es -debería ser- una ética profesional y el conocimiento de ciertos mecanismos para construir informaciones. Somos proveedores de contextos, algo que exige reflexión, memoria, voluntad de credibilidad y respeto al hecho. A veces tenemos que contar cosas que no nos gustan nada, pero nos aguantamos. Al menos es lo que hacen los buenos periodistas, y sé que conozco a bastantes de ellos. He trabajado con algunos y preparado guiones o reportajes que hablaban de otros, de ésos a los que una acaba envidiando. Y hasta ésos, los supremos, los admirables, se han equivocado: les han despedido, les han pillado en falta, les han mutilado párrafos o fotografías. Nadie es infalible.

Si a alguien le molesta ver a un periodista trabajando DEL MEDIO QUE SEA, que se lo haga mirar.

A ver si va a resultar que sólo son legítimas las empresas informativas, convocatorias o formaciones políticas con las que comulgo yo ideológicamente: de todo tiene que haber y nadie obliga a leer, ver o escuchar a un medio en detrimento de otro. Lo raro es encontrar a quien se moleste en comparar y os aseguro que es así, contrastando ideas, como se hace uno verdaderamente ciudadano. Así me lo enseñaron a mí, y no en la Facultad de Comunicación, sino en mi casa, de pequeña.

Apago ya, que la soflama gremial seguro que aburre. Es que hoy me tocaba el rol de periodista-sin-medio-pero-plumilla-al-fin-y-al-cabo.

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