El síndrome Ysihubi

Éste es el primer Septiembre en 10 años que me ha sorprendido desocupada: no hay vuelta a clase, ni al trabajo, ni a nada en concreto. Estoy preinscrita en una decena de cursos relacionados con lo audiovisual y hasta el autoempleo y me paso el día comprobando de reojo el correo, a ver si en alguno me aceptan y no acabo de perder el hilo en lo profesional.

“Y si te llaman para algún trabajo o te coinciden varios cursos, ¿qué harás?”, me preguntan, con muy buen criterio.

“Elegiré llegado el momento y a ver qué pasa”, les contesto.

También sería casualidad, pero estoy segura de que en el INAEM estarían encantados de librarse de mí aunque les dejara una plaza libre en un cursillo. Y yo más de tener un trabajo, claro.

Hace muchos años acuñamos con una buena amiga un concepto que me viene a la cabeza de vez en cuando: lo llamamos el síndrome Ysihubi. Afecta a personas que, en soledad o ante sus más allegados, divagan sobre cómo habría sido su vida si hubieran optado por tal decisión en detrimento de la efectivamente tomada.

Todo comienza con la exposición de hipótesis del tipo:

¿Y-si-hubi-era estudiado esto en vez de aquello?

¿Y-si-hubi-era seguido mi relación con aquel chico en vez de dejarlo en aquel momento?

¿Y-si-hubi-era dicho que sí a aquel trabajo en vez de al otro?

Porque -créanlo o no- hubo un tiempo en el que uno se podía permitir el lujo de rechazar ofertas de trabajo para elegir la que mejor le venía. A mí me pasó al terminar la carrera y me pareció lo más natural del mundo tener varias opciones de acceso al mercado laboral… ¡Quién me iba a decir a mí que nos íbamos a ver en estas circunstancias cinco años después! No me lo habría creído. El caso es que yo elegí, y hasta hace unos meses no había tenido un brote de Ysihubi en términos profesionales, pero por muy entretenido que uno quiera estar siempre quedan horas vacías en las que somos vulnerables al síndrome, y tuve un amago con síntomas. Me empecé a preguntar cómo hubiera sido optar por otra oferta en lugar de la que escogí y me puse a fantasear.

Opté por la radio, pero pude haber tirado por el periodismo de agencia o por prensa escrita. Os voy a explicar por qué me decidí, por qué me costó apenas un día pensármelo y por qué no me arrepiento.

La radio, un medio de y para supervivientes

Era yo bien pequeñita cuando me regalaron uno de esos casettes de cuentacuentos con dramatizaciones de los clásicos de toda la vida: Cenicienta, Blancanieves, Barbazul… Pero mi favorito, mi hit, era El Patito Feo. Tanto es así que por razones que no vienen al caso dediqué muchas horas de convalecencia infantil a escucharme aquel cuento una y otra vez, con el reproductor de doble pletina a mi vera: se me pasaban las tardes en un rebobinar y darle al play, mientras pintaba o leía, y mis padres encantados de que me entretuviera con eso. A los pocos días vino a verme una de mis abuelas y después de un rato de preguntas, me dijo “Anda, cuéntame algo” y yo le recité el cuento del Patito Feo como un lorito, palabra por palabra, imitando a los actores de la cinta en cada inflexión y en cada tono, como si hubiera estado ensayando con ellos. Mi madre acudió a la habitación a mitad de relato, aunque en un primer momento pensó que sólo era otra vez la cinta, y ahí estaba yo, en plena performance, dándolo todo, y mi abuela mirándome de hito en hito, pensando a saber qué de su nieta.

Al poco tiempo descubrí que no sólo podía escuchar los cuentos, no: además podía GRABARME yo misma y escucharme. El súmmum, oiga. Y me grababa leyendo o cantando. Pero es que aquello tenía dos pletinas, lo cual suponía que me podía poner músicas de fondo… Así que le pedía a mi madre que tocase el piano, la grababa y luego ambientaba mis discursos y programas de variedades -ojo a los guiones, que todavía conservo y que pasaba a máquina y todo- con esas bandas sonoras unplugged. Antes de 3º de EGB (aún hice EGB, sí) ya había pringado a algunas amigas de clase para que grabaran conmigo obritas muy básicas que escribía servidora, con más ganas que literatura, y yo, tan feliz. Aún tengo alguna cinta por ahí y me hace mucha gracia escucharme, con mi vocecita y con el entusiasmo infantil del que está haciendo poco menos que magia. Lo vivía muchísimo. Tanto que jamás permitiré que lleguen a oídos desaprensivos tales grabaciones.

Con esas cosas en mi casa ya se imaginaban por dónde iban a ir los tiros conmigo. Sé que me hubieran querido cirujana o abogada, pero se resignaron a verme siempre con la nariz metida entre libros y periódicos: lo que estaba claro es que iba a escribir y que ya veríamos dónde me llevaba aquello.

Por parte de padre heredé cierta vena farandulera y radiofónica, con un bisabuelo actor y locutor –Julio Gallego– que gracias a sus crónicas taurinas para RNE en Barcelona ganó un Premio Ondas que reposa en la casa familiar. Sus dos hijas también se dedicaron al show-business en el cuadro de actores de Radio Nacional, pero mientras mi abuela paterna optó por venirse al Pirineo para fundar una familia, mi tía-abuela decidió quedarse en la Ciudad Condal y dedicarse al doblaje. Allí sigue, como voz habitual de Mia Farrow o Rosie O’Donnell, y recordada con cariño por infantes all over the world por haber sido Koyi Kabuto en Mazinger Z o el pequeño Tommy de Pippi Calzaslargas. Si a esto le sumamos que en mi casa siempre había una radio puesta, digamos que mis padres no se sorprendieron demasiado cuando les dije a qué me quería dedicar.

Dame un micro y yo me arreglo

Luego llegó la Universidad y con ella la competitividad y el primer contacto con profesores (y compañeros) que te evaluaban, se medían contigo, trabajaban junto a tí. Ahí tengo que mencionar a una persona en concreto que me dijo que tenía voz de radio después de escucharme tres minutos en una clase de 1º y al cual hago directamente responsable de que se me pusiera entre ceja y ceja trabajar en ese medio: el doctor Arturo Merayo. Al poco de empezar nuestra promoción dejó Salamanca por tierras más cálidas, al Sur, pero tuve la suerte de coincidir con él años después durante el máster y en alguna ponencia; me hizo muchísima ilusión que me recordase, como me manifestó. Y si fingió hacerlo, he de decir que se lo perdono y se lo sigo agradeciendo casi todos los días en mi fuero interno. Él fue el primero que me dijo que me veía futuro delante de un micrófono y si todavía lucho por volver a ocupar ese lugar algún día, sea donde sea, es por personas como él. Se lo debo más a ellos que a mí misma.

Con el primer verano como proto-periodista, llegó el momento de plantearme si iba a esperar a 3º para empezar con las prácticas o iba a hacerlas ya mismo. Y fue lo segundo. Dos veranos en radio local, un tercero como corresponsal de prensa, el cuarto en una agencia de noticias y el quinto en la emisora que me acogió finalmente durante cuatro años. Pude haber optado por otras ofertas aquel otoño de 2007, pero me ofrecieron un puesto y allí me quedé. Lo decidí en 11 horas y ni pregunté qué me iban a pagar o cuál iba a ser el horario, en parte por inconsciencia de juventud y en parte porque me importaba un bledo.

Me tentaron de un par de sitios y me dio exactamente igual.

Tenía muy claro qué quería hacer y no me importaba nada más.

Nunca agradeceré lo suficiente su confianza a quienes pensaron que podía hacerlo bien en un programa de radio: aprendí mucho, me equivoqué más y esos años en aquella productora han sido los mejores de mi vida, hasta cuando viví días muy difíciles, de esos en los que crees que no vas a poder acabar la jornada, y hubo muchos. Aún así no renunciaría a ninguno de esos días negros y dolorosos, porque de ellos se aprende mucho más que de esos otros blancos y esponjosos en los que todo sale bien casi sin esfuerzo, que también los hay.

Así que aunque hace unos días estuve a punto de ceder ante el síndrome Ysihubi, no lo hice.

Tenía que ser la radio.

Y tendrá que serlo otra vez, el día menos pensado.

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