Guerra: de crímenes y castigos

“En el principio de todo, fue el crimen.”

La cita es de Hannah Arendt, politóloga alemana (1906 – 1975) y la apunté en una de las clases de Relaciones Internacionales, allá por 5º de Periodismo. De la frase salían unas flechas y unas anotaciones que ya no atribuiré a la teórica germana, sino al profesor -Pedro Rivas-, a mi mente confusa o a la escritura automática: “De la usurpación del poder nace la política; de la violencia, nace la democracia”.

Como hoy es el undécimo aniversario del 11S y seguro que habrá muchas horas de tertulias y reportajes sobre el atentado de las Torres Gemelas, quiero acercarme hoy a la guerra como concepto: no es lo mismo, pero tiene que ver. A ver qué tal sale el experimento.

Desde luego no podemos acercarnos la idea de guerra como lo hacemos a otras realidades mucho más cotidianas y cercanas. Somos nietos y bisnietos de personas que sí experimentaron en mayor o menor medida una contienda, esa guerra de hermano contra hermano a la que siguió otro enfrentamiento que acabó por destrozar la vieja Europa -los españolitos nos libramos, que bastante teníamos con lo nuestro- y que determinó gran parte de los roles que hoy desempeñan las naciones que gobiernan el mundo. Lo que yo sé de las guerras lo he escuchado o leído, pero no la he vivido en primera persona, así que mis razonamientos sobre ese tipo de violencia organizada probablemente sean erróneos; os lo aviso desde ya por si queréis dedicar estos minutos a alguna otra cosa. A los que se quedan, espero saber hacerme entender.

Para hablar de la guerra deberíamos remontarnos como poco al primer modelo de ejército clásico, allá por el siglo VIII antes de Cristo: la falange de los Oplitas. También debería mencionar las formas de guerra medievales, los tercios españoles del siglo XV al XVIII, el surgimiento de la profesión militar como tal en la Francia absolutista o la forma de entender la guerra de Napoléon, pero no tengo capacidad ni conocimientos como para desarrollar los conceptos uno por uno. Sí que me interesa centrarme en los conflictos que marcaron un punto de inflexión: la II Guerra Mundial (1939 – 1945) y los enfrentamientos en la antigua Yugoslavia (1991 – 2001).

Países juntos y revueltos

Ambos episodios nos pueden parecer lejanos en el tiempo y en el espacio, pero su análisis y comprensión nos dice más de nosotros como especie que cualquiera de nuestros avances humanísticos o tecnológicos.

En la Europa de hoy estamos convencidos de que la guerra es algo anacrónico, que nunca regresará a nuestras tierras; hemos desmilitarizado nuestro pensamiento, especialmente las generaciones más jóvenes, que jamás vieron tanques bajando por las calles de su ciudad. Sin embargo, el no hablar de un problema no significa que no exista. Lo postergamos.

Puede parecer que el aparente triunfo del modelo democrático ha conllevado una desguerrización, y podemos pensar que son los regímenes autoritarios quienes hacen guerras en las que una democracia externa puede decidir entrar, pero en todo caso no esperamos que haya conflictos armados entre democracias. Y sin embargo, desde que Europa existe como tal, no ha habido un siglo sin derramamiento de sangre en el campo de batalla.

Desde los años 70 han muerto cerca de 30 millones de civiles en conflictos por todo el globo. El problema de hoy es la guerra civil, intraestatal, y no entre naciones, que es el fenómeno contra el que intentó blindarse la ONU en su Carta. El ejemplo más claro está en Europa Oriental, donde se han vivido luchas no previstas en las que las víctimas, refugiados y desplazados eran ciudadanos y no profesionales de la guerra. En Ruanda los hutus mataron a medio millón de tutsis a machete, en una guerra civil teñida de nacionalismo y religión: los miembros de la ONU no se atrevían a interferir en respeto a esa tradición jurídica del principio de soberanía que otras veces ha costado poco ignorar.

Las guerras de hoy, al final, sólo pueden ser absolutas; de todo y para todos, apoyadas en la idea de vencer o morir, sin posibilidad de negociar. La moderación como concepto ha desaparecido y si la guerra es total, no tiene límite: sólo podrá ser peor que la II Guerra Mundial… Y es el miedo y el recuerdo aún presente de lo cruel de aquella contienda lo que evita -por el momento- una III Guerra Mundial.

Apuntes de Relaciones Internacionales

La tan traída y llevada Convención de Ginebra (1864) perseguía en su momento recuperar las ideas ilustradas de civilización de la guerra, con tintes aristocráticos, morales y hasta caballerescos, pero ¿a quién le aplicamos esos acuerdos, si hoy cualquiera puede ir armado? Esos sistemas de freno a la violencia pensados por y para militares ya no sirven… El historiador inglés John Kira dirá que la única contención posible en la batalla viene de uno mismo, no del derecho internacional humanitario, y recordemos que la capacidad humana para hacer el bien es enorme, pero son mucho mayores nuestras habilidades para hacer el mal.

El universalismo moral moderno -para más datos, pregúntenle a Bush Sr.- nos convierte a todos en víctimas potenciales y la fraternidad universal proviene de la posibilidad del genocidio (mi dolor es el dolor del otro, también me puede tocar a mí). Los occidentales confiamos todavía hoy en una presunta capacidad moral para imponernos al resto del mundo, en una suerte de arrogancia imperial de la que aún no nos desprendemos.

¿Conclusiones o predicciones al cabo de estas líneas? No puedo ofrecer muchas; más bien, ninguna. Sólo la sensación de que la guerra no es algo tan ajeno como podemos pensar quienes andamos ajetreados con la crisis, el paro o la hipoteca y que quizás convendría que supiéramos más acerca de sus causas y mecanismos, por lo que pueda pasar más pronto que tarde, más cerca que lejos.

Para terminar, propongo otra cita, esta vez del poeta Hölderlin (1770 – 1843): “Allí donde anida el peligro, crece también la salvación”.

Quisiera pensar que lo dijo por nosotros y que aún hay posibilidades de redención.

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Una respuesta a “Guerra: de crímenes y castigos

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