Levántate y lucha

Levántate y lucha.

Esa breve arenga pendía de un folio colgado en el techo, sobre la cama de un buen amigo de los que hice en Salamanca. Estaba colocado estratégicamente para que fuera lo primero que viera al despertarse. Un puñetazo de motivación contundente para empezar fuerte el día.

Con los años quise emularle, en parte como homenaje a su amistad y también por probar el método, así que hice lo propio en mi habitación, no sin esfuerzo, ya que soy de natural torpe y mi equilibrio suele ser precario. El proceso de colocación fue de lo más parecido a un número de circo y agradecí que no hubiera testigos. El caso es que allí estuvo el cartel unos meses, hasta que una noche el folio se desprendió del techo y bajó planeando hasta mi cara mientras dormía. Casi me da un infarto agudo de miocardio y me estropeó un sueño que ya no pude recuperar y que recuerdo bastante agradable. Decidí que no volvería a colgar nada del techo y que reforzaría los anclajes de pósters y cuadros de la pared, por si acaso.

Despertarse revolucionario en tiempos revueltos

A veces echo de menos ese Levántate y lucha sobre mi cabeza.

En esta vida, y dependiendo de las etapas, encontramos diferentes causas  a las que dedicar nuestro tiempo y esfuerzo. Lo primero que aprendemos a defender es la familia, la pareja y los amigos; en otros tiempos, algunos morían incluso por una idea. Con el tiempo y el poder adquisitivo vamos añadiendo elementos más artificiales a esa lista. Hay quien dice que mataría por conservar su puesto de trabajo, por su coche, por su equipo de fútbol (¡!) o -en el colmo de la estupidez-, están quienes prefieren que les amputen una mano antes de que les arrebaten su smartphone, tablet o cualquiera que sea el aparatito que les quite el sueño.

Es una dependencia extraña la que desarrollamos hacia esos amasijos de plástico, baterías y microchips, pero a falta de las banderas y coaliciones de guerras pasadas, hoy las tecnologías se han convertido en instrumento y método para las revoluciones. Se organizan y expanden por Internet, como hace unos años se hizo con los SMS (¿quién se acuerda de ellos?): somos activistas de(trás de) la pantalla que a veces -no siempre- rematan la faena en las calles.

Quién nos iba a decir que podríamos hacer desde un ordenador de sobremesa algo parecido a lo que hacían los reyes y soldados de la antigüedad… Porque esto que hacemos en Twitter ¿también es revolución? ¿Es política? ¿Se podría hablar de la posibilidad de una guerra 2.0?…

Al final se confirma que mi amigo tenía toda la razón: para luchar, hay que LEVANTARSE.

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