La felicidad del sabio y el resentimiento

De todos es sabido que a lo largo de los años de escolarización (incluyo la Universidad, ya puestos), hay asignaturas que no nos hacen ninguna gracia, bien sea por falta de pericia por nuestra parte o por la desidia que transmite el docente, que también pasa. No es el caso; os cuento…

Por azares de la vida, cuando andaba a mitad de carrera me matriculé en una de libre elección que se llamaba Utopías y contrautopías del siglo XX. Nunca supe si se había impartido antes o si se volvió a dar el temario el siguiente curso.

Cuando me senté por primera vez en una de las aulas de la Pontificia (la primigenia, junto a la Clerecía; no se daba en mi facultad, que estaba ya fuera del centro) y escuché las primeras palabras del profesor, me empecé a inquietar. Aquéllo no iba a ser ningún paseo. Ese señor quería hacernos pensar, y mucho, a los 45 sujetos que tenía sentados ante sí con cara de susto. Profesor Modesto Gómez, se llamaba, y enseñaba en la facultad de Filosofía (dónde si no). Apuntó tres títulos en la pizarra y nos dijo que iban a ser la bibliografía, materia de examen y objeto de sus clases ese cuatrimestre.

Eran 1984, de George Orwell; Farenheit 451, de Ray Bradbury, y Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Yo había leído el primero hacía un par de años sin demasiado entusiasmo y aunque conocía la existencia de los otros dos, no estaban entre mis prioridades literarias en aquel momento. Si había que leerse los tres, adelante.

Al salir de aquella presentación, me fui a mi librería habitual y me llevé las dos ediciones de bolsillo que me faltaban para la triada y, al llegar a casa, le pedí a mi madre que me enviara el que ya tenía con la primera visita que quisiera venir a comprobar qué tal estaba yo en Salamanca. Muy bien, por cierto.

Contrautopías del siglo XX

Orwell, Huxley y Bradbury

La clase era cada viernes por la mañana, así que tenía una semana por delante para intentar leerme alguno de los libros. Empecé repasando 1984, que aún tenía fresco, y me merendé Fahrenheit 451 en cuatro tardes. Cuando volví a la Pontificia el viernes siguiente, estaba ya acabando Un mundo feliz. Así los apuntes no me pillarían de nuevas; algo tendría ya ganado. Pero aquel buen hombre empezó a hablar de filosofía, de ética y de un concepto llamado PARADOJA DE LA TOLERANCIA que no venía mencionado explícitamente en ninguno de los libros.

A ver a dónde nos lleva esto, pensé yo. Y a mí al menos, me llevó lejos.

Se nos contó que la sociedad actual tiende a regirse por un principio de tolerancia absoluto que nos acaba llevando al extremo contrario: a una intolerancia agresiva. En los tres libros ya mencionados se tratan diferentes hipótesis sobre el proceso de desintegración del sujeto: desaparece el individuo fuerte, coherente, y la sociedad prefiere salvaguardar una versión muy básica y fácilmente maleable del hombre antes que mejorarlo, todo esto con la obsesión por la tecnología como telón de fondo. Lo que nos descubren esos títulos (especialmente el de Bradbury) es que el individuo como tal se está disgregando, atomizando: lo vemos en los continuos ataques a la cultura.

Pensemos en la telebasura o en la subida del IVA a la industria cultural: esa acción agresiva se mueve por el resentimiento de los mediocres contra aquel que demuestra una mínima inquietud más allá del placer aquí y el ahora.

La ignorancia se convierte en un valor y quienes no tienen ganas o medios para alcanzar una mejor salud intelectual, apuestan por loar su propia mediocridad. Me vienen a la cabeza esas princesas del poblado televisivo que se convierten en abanderadas del así-soy-yo-y-mira-lo-bien-que-me-va, famosillos de medio pelo y otros infraseres que seguro que se os ocurren. Las cualidades de los demás se convierten en contravalores: ¿de qué te sirve estudiar, leer, ir al teatro?, parecen preguntar. Y te hacen dudar.

La educación y el pensamiento crítico requieren mucho esfuerzo. La cultura es un valor poco democratizable, ya que aunque en teoría sus mimbres están al alcance de todos gracias a la escolarización universal, muchos prefieren dedicar su tiempo y atención al entretenimiento en vez de al estudio. Se valora en la intimidad a quien tenemos por inteligente, pero públicamente se tiende a rechazarle: el culto es pedante, no tiene vida social, aburre a las ovejas. Nadie ve los documentales de La 2 si juega la selección de fútbol. Y si no juega, tampoco sube mucho el share. Pero los resentidos no sólo son canis y chonis -seguro que los teníais en mente-; sin ir más lejos, Lutero dedicó varios discursos y escritos a denigrar las universidades, según nos explicó el profesor Gómez.

Ahora que tanto hablamos de algunas decisiones del gobierno de esta España nuestra y su inquina hacia partidas susceptibles de ser cada vez más recortadas (educación y sanidad, qué casualidad), recordemos que el conocimiento y el pensamiento crítico siempre han supuesto un riesgo para los estados de hecho, ya que éstos suelen levantarse sobre mitos. Hace años, se construían naciones por el derecho divino; ahora, se gobiernan apoyadas en el mito contemporáneo de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades (¿seguro?) y que tenemos que pagarlo a golpe de recortes y reformas laborales. Así lo justifican todo.

Resulta que el conocimiento se apoya en la desmitificación de todas esas presuntas verdades que nos quieren imponer. El peligro es el conocimiento libre; en este caso, la posibilidad de que los borregos nos percatemos de que la culpa no es sólo nuestra. Por eso desde el siglo XIX el estado controla la educación y se encarga de amordazar a conveniencia -dependiendo de quién gobierne- las formas de conocimiento que puedan alterar el status quo que el mandatario en cuestión considera más adecuado a sus intereses.

Llama la atención que eso que llamamos sistema presenta una gran área gris en la que los grandes partidos a la derecha y a la izquierda presentan muchas más coincidencias que discrepancias; se enfrentan por la anécdota más que por el trasfondo. De ahí el susto a uno y a otro lado del hemiciclo con aquellos impertinentes perroflautas del movimiento 15M, qué pesaditos, y la desgana con la que politicastros de ambos signos se resignan a ver a la gente manifestarse. Les molesta a todos.

No llegaré a hablar de aristofobia, entendida como odio al inteligente, que decía Ortega y Gasset, pero sí que existe esa tendencia a quitarle valor al esfuerzo del que quiere mejorar su cultura, debatir, aprender. A veces nos sumimos en una esquizofrenia valorativa: no se es tonto por no leer, tampoco cultísimo por hacerlo.

Lo importante es asimilar, atesorar y explorar ideas ajenas y propias para construirnos un pensamiento. Aquel que dedica tiempo en su día a día para reflexionar sobre lo vivido y escuchado es el auténtico sabio.

Como muestra de que pensar cuesta esfuerzo, voy a dar por terminada la perorata, que me está doliendo la cabeza.

Qué me diría Modesto si me leyera: ni se acordará de mí, ni del examen que le hice, ni de nada de nada. A lo mejor le entendí mal y no he dado ni una, pero sirvan estas líneas para agradecerle las lecciones aprendidas. A él y a otros tantos profesores, que estos días se merecen todavía más cada reconocimiento.

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