La sonrisa que nos salva

Tuve una jefa que siempre me decía que un periodista vale lo que vale su agenda. Lo llevaba escuchando apenas una semana cuando me regalaron una, de piel, verde pistacho, estupenda, para que pudiera ir rellenándola de alucinantes e importantes contactos y durante meses así lo hice. Hasta que llegaron a mi vida las bases de datos y me hice devota de lo on line y los USB. Sin embargo, hace año y pico me robaron en casa y se llevaron un disco duro que tenía en su interior 12 años de estudios, documentos, fotografías y recuerdos y -después de llorar un rato, por la indefensión-, lo primero que me vino a la cabeza fue la agenda-verde-pistacho: eso no se lo habían llevado.

Lo analógico permanece

Ahí estaba la pobre, en una esquinita, al lado de unos pinceles que tampoco le habían interesado demasiado al chorizo en cuestión. La abrí y me reconocí en esa letra mía, que a los 19 años era más reposada y pequeñita, y que según avanzaban las páginas parecía ir cogiendo velocidad, con las prisas de los apuntes en Salamanca y más tarde los nombres y datos apuntados a vuela pluma antes, durante y después de cada vez más ruedas de prensa y entrevistas previas. Resulta que me habían arrebatado toda la media tecnología que había ido comprando y usando con los años, pero lo analógico o potencialmente artesanal, allí seguía, conmigo, como un reproche.

Llevo desde entonces revolviendo cajones y estantes en mi nido zaragozano y en la casa familiar pirenaica en busca de copias de seguridad, porque aunque toda la carrera la tengo imprimida en papel, siempre es más cómodo tenerlo en formato digital (si es que no aprendo): resulta que las mayores alegrías me las han dado esos disquetes de 3 y medio que estoy segura no usa ya nadie. Ahí están los apuntes, las prácticas, los dossieres. Es una tarea de chinos, pero confío en recuperar gran parte de lo perdido; ya os contaré.

El caso es que, al hilo de mi agenda-verde-pistacho y su relación directamente proporcional con la presunta valía de la dueña, creo que podríamos decir que una persona vale lo que vale su memoria. Todo lo que atesoramos en nuestro hipocampo (corríjanme los legos en neurociencias, pero diría que es allí), los recuerdos, es lo que nos construye y lo que nos sirve para medirnos. Cierto es que los recuerdos muchas veces son mentirosos y parciales… Pero no más que nosotros mismos, que al fin y al cabo evocamos lo que nos viene en gana y cuando lo consideramos oportuno y -aún más- narramos nuestras percepciones como nos apetece, faltaría más.

Todo esto venía porque he estado releyendo un libro que se vino conmigo en alguna mochila: Las partículas elementales, de Houllebecq. Me lo recomendó una persona de cuyo criterio (literario al menos) nunca tuve sospecha y pese a que no comulgo con muchas de las ideas que salpimentan la trama, el libro me hizo pensar un poco y hoy en día con eso es suficiente como para recordarlo. Recupero un párrafo sobre el que apunté algunas cosas:

El humor, un salvavidas

Hay veces que me parece que tiene toda la razón en estas líneas y otras en las que no. Contra todo pronóstico, hoy me he levantado encantada de conocerme y extrañamente esperanzada, así que le diría a Michel: pues no, querido, no estoy de acuerdo.

Porque cuando hace 14 meses me desvalijaron; o hace 16, cuando enterré a una de mis mejores amigas, o cuando perdí un trabajo que adoraba hace casi dos años, sin sentido del humor no sé qué se habría hecho de mí.

Uno recuerda el dolor, la rabia ante la pérdida, el peso de los errores y las palabras que no dijimos y si no llega un momento en que puedes matizar y hasta disolver esa carga con una sonrisa, es que no hemos crecido. Siempre quedan cosas buenas y tenemos el poder de reírnos de las malas: ése es el triunfo del que más orgullosa estoy. Los diplomas, los libros y las fotografías te los pueden robar todos mañana, pero el humor y la sonrisa no.

Conservadlos siempre.

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2 Respuestas a “La sonrisa que nos salva

  1. Hola Gloria, soy Andrea 🙂

    Estoy absolutamente de acuerdo con tu conclusión final. De hecho, mientras leía el párrafo, se me iba revolviendo el alien en el pecho, ansioso por salir y morder al autor en el culo 😛

    Al igual que a ti, el humor también me sacó del pozo hará ya un par de añitos, cuando perdí mi contrato de trabajo más largo hasta la fecha, el cual pensaba que sería el definitivo que por fin daría comienzo a mi vida de verdad.
    Y estando totalmente hundida y muy quemada con el mundillo artístico, sin saber muy bien cómo, me empecé a acercar a la comedia. Hasta el punto que al final era casi una obsesión: no quería ver u oír otra cosa (y confieso que sigo un poco así).
    Porque me aliviaba, porque me consolaba, y sobretodo porque me hacía sentir fuerte y mejor conmigo misma.

    Como muy bien decías, si no somos capaces de tomar cierta distancia, cierta perspectiva y darle un toque de humor, es que no hemos crecido.

    Un gustazo leerte 😉

  2. Pingback: ‘Amy’, crónica de un derrumbe televisado | Quince Días Hábiles·

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